Cómo darle la medicina a tu gato sin pelear

Hay pocas misiones tan temidas por un dueño de gato como darle su medicina. Le acercas la pastilla y ese animalito dócil, el mismo que ronronea en tu regazo, se convierte de repente en una anguila con garras.
Todos los que convivimos con un gato hemos pasado por ahí. Pero no te desesperes: hacerlo sin acabar lleno de arañazos es, sobre todo, cuestión de técnica, paciencia y calma, y de un par de trucos que nadie te cuenta.
Con el método adecuado, lo que parece una batalla campal se convierte en un trámite de treinta segundos, y tu gato apenas se entera.
Reglas de oro antes de empezar
Antes de ponerte manos a la obra, hay unas cuantas reglas de oro que no puedes saltarte bajo ningún concepto. Ir a lo loco con la medicación de un gato puede salir carísimo, y no hablamos solo de arañazos.
Solo lo que recete el veterinario
La regla número uno, y la más importante de todas: nunca le des un medicamento que no le haya recetado el veterinario. Automedicar a un gato no lo ayuda; en el peor de los casos, puede llegar a matarlo.

Muchos fármacos que para nosotros son de lo más inofensivos resultan tóxicos para ellos, y las dosis no tienen nada que ver con las nuestras. Ante la más mínima duda, siempre, siempre, consulta antes de darle absolutamente nada.
Respeta también la dosis y los horarios que te haya indicado. Ni te saltes tomas ni "compenses" doblando la siguiente: en la medicación, más no es mejor, y con un animal pequeño el margen de error es muy estrecho.
Pregunta si hay jarabe o pipeta
No todos los medicamentos vienen en el mismo formato.
Muchos existen en pastilla y también en presentación líquida, y a veces uno es muchísimo más fácil de administrar que el otro según el carácter del gato.

Pregunta a tu veterinario qué opciones hay y elegid juntos la mejor para tu caso concreto. Algunos gatos toleran mejor las pastillas y otros el líquido; aunque, siendo sinceros, lo más probable es que no le guste ninguno de los dos.
Si se resiste, no lo fuerces

Y una regla que va más allá de la salud: si tu gato se resiste demasiado, no lo fuerces a la brava. La confianza de un gato tarda muchísimo en construirse y puede derrumbarse en apenas un segundo.
Si llegas a hacerle daño, empezará a tenerte miedo, y esa relación tan bonita puede que no vuelva a ser del todo la misma. Antes que forzar hasta ese punto, para, respira y pídele ayuda al veterinario.
🍽️ Método 1: camuflada en la comida
La técnica más cómoda, cuando funciona, es camuflar la pastilla en su comida favorita.
La idea es que el olor de eso que tanto le gusta lo distraiga y se lo trague todo de una vez, medicina incluida.

Funciona de maravilla con los gatos comilones y poco exquisitos. Pero ojo, porque los gatos son muy exigentes con lo que comen, y muchos detectan el engaño al primer bocado y dejan la pastilla limpia en el plato.
Antes de recurrir a esto, comprueba con tu veterinario dos cosas: que el medicamento se pueda mezclar con comida y que no le cambie el sabor volviéndolo desagradable. Si no, te arriesgas a que no toque el plato en todo el día.
Un truco que ayuda es esconderla en una bola pequeña de comida húmeda de olor fuerte, no en el cuenco entero. Así se la come de un bocado, antes de darse cuenta, en lugar de ir dejando la parte sospechosa.
Ojo, no tritures a la ligera: algunas pastillas llevan una cubierta especial o son de liberación prolongada, y partirlas o machacarlas puede estropear el medicamento o hacerle daño. Pregunta siempre antes al veterinario si puedes trocear o abrir la que le has de dar.
Otra opción muy cómoda son los premios especiales con un hueco para meter la pastilla, los llamados "pill pockets". El gato se come el premio encantado, sin enterarse de que dentro llevaba escondida su medicina.

Método 2: dársela a mano
Si lo de la comida no cuela, toca dársela directamente. Suena dramático, y las primeras veces lo parece, pero con la técnica correcta es rápido y, hecho bien, al gato apenas le molesta.
🐱 Elige un momento tranquilo
Elige un momento tranquilo y un sitio sin ruido ni distracciones. Ten la pastilla ya preparada y a mano, porque cuanto menos dure todo el proceso, mucho mejor para los dos.

Si tu gato es de los inquietos, envuélvelo en una toalla como si fuera un bebé, dejándole solo la cabeza fuera. Ese "abrazo" firme le limita los movimientos y, a muchos gatos, hasta consigue calmarlos.

El truco del burrito: envolver al gato en una toalla, con las patas dentro y solo la carita fuera, es la forma más eficaz de evitar arañazos y de que se sienta contenido. Ni lo aprietes de más ni lo tengas envuelto más tiempo del necesario.
Colócalo sobre tu regazo, sujétalo con los brazos y el cuerpo, y respira hondo. Tu calma se contagia: si tú estás tenso y nervioso, tu gato lo notará al instante y se pondrá el doble de difícil de lo normal.
Y ten a mano el botiquín, por si acaso. Con los gatos más guerreros, algún arañazo o mordisco entra dentro de lo posible; son gajes del oficio que conviene poder curar en el momento.
¿Cómo abrirle la boca?
La forma más cómoda de abrirle la boca, para ti y para él, es sujetarle la cabeza desde arriba.
Tira con mucha suavidad hacia atrás, de modo que su nariz apunte al techo: en esa posición, la mandíbula se abre casi sola.

Con un dedo de la otra mano, baja con delicadeza la mandíbula de abajo. Un detalle importantísimo: apoya el dedo sobre los dientes incisivos, esos pequeñitos del centro, y nunca sobre los colmillos, salvo que quieras perder el dedo.
Déjala detrás de la lengua
Deposita la pastilla lo más atrás posible, justo detrás de la lengua.
Cuanto más al fondo la dejes, más difícil le resultará escupirla y más fácil que se la trague sin apenas darse cuenta.

Cierra su boca con suavidad y ayúdalo a tragar acariciándole el cuello hacia abajo o soplándole muy flojito en la nariz. Son gestos que le disparan el reflejo de tragar casi sin que se entere de la maniobra.
Y un paso que muchísima gente olvida: después de la pastilla, ofrécele un poco de agua o un bocado de comida. Ayuda a que baje del todo y evita que se le quede pegada por el camino, algo que puede irritarle la garganta.

Si te cuesta llegar tan al fondo con el dedo, existen unos pequeños aplicadores de pastillas, una especie de jeringa con la pastilla en la punta, que la depositan atrás sin que tengas que meter la mano entera en su boca.
Los medicamentos líquidos
Con los líquidos, la forma de sujetar al gato es exactamente la misma, pero cambia por completo dónde se administra. Aquí no hay que apuntar en ningún caso directamente a la garganta.
Introduce la jeringa por el lateral, en la bolsita que se forma entre la mejilla y los dientes, y ve soltando el líquido poco a poco. Así evitas que se le suba a la nariz y que se atragante, que es el gran riesgo con los líquidos.

Dáselo despacio, dejándole tragar entre pequeñas cantidades. Si se lo echas todo de golpe, es fácil que tosa, lo escupa o se agobie, y habrás perdido tanto la dosis como buena parte de su paciencia.
Mide siempre la dosis exacta con la jeringa que te den, sin calcular a ojo. Con los líquidos es muy fácil quedarse corto o pasarse, y en ambos casos el tratamiento pierde eficacia o gana riesgos.
Fallos que convierten esto en pesadilla
Hay varios fallos muy comunes que convierten un trámite sencillo en una pesadilla recurrente.
El primero es perseguir al gato por toda la casa: solo consigues que asocie la pastilla con una cacería y que se esconda en cuanto te vea aparecer.
El segundo es reñirle o castigarlo si escupe la pastilla o se resiste. No lo hace por fastidiar, sino por puro instinto, y el castigo únicamente aumenta su miedo y su desconfianza hacia ti.
El tercero es alargar el momento entre titubeos. Cuanto más dudes y más tiempo lo tengas sujeto, peor: es mejor tenerlo todo preparado, actuar con decisión y que la cosa dure lo mínimo posible.
Y el cuarto, ya lo hemos dicho, es forzar más allá de lo razonable. Si un día no puede ser, no pasa nada: respira, déjalo estar un rato y vuelve a intentarlo con más calma, o pide ayuda si hace falta.
📌 Hazlo entre dos y acaba premiando
La práctica lo es todo.
Las primeras veces serán un pequeño desastre, es normal, pero con cada intento le irás cogiendo el truco y tu gato se irá acostumbrando poco a poco a la rutina.
Si puedes, hazlo entre dos personas: una sujeta con cariño y la otra administra.
Cuatro manos hacen el trabajo mucho más rápido, y cuanto menos dure la maniobra, menos se estresa el gato.

Sé rápido pero nunca brusco, y termina siempre con algo positivo: una caricia, unas palabras cariñosas o su premio favorito.
Que asocie la medicina con un final feliz hará que la próxima vez coopere bastante más.
Premio garantizado: reserva una chuchería que le vuelva loco solo para después de la medicina. Con el tiempo, el gato aprende que ese mal trago viene seguido de algo delicioso, y todo se vuelve mucho más llevadero.
Y si el tratamiento es largo, conviértelo en rutina, a la misma hora y en el mismo sitio. Los gatos son animales de costumbres, y lo previsible les da seguridad, aunque la medicina no les entusiasme lo más mínimo.
🩺 ¿Cuándo acudir al veterinario?
Por mucho que practiques, hay gatos que no hay forma de medicar en casa sin acabar los dos fatal.
Si es tu caso, no te sientas mal ni culpable: ni eres el primero ni serás el último al que le ocurre.
Cuéntaselo a tu veterinario con confianza. A veces existen alternativas, como fórmulas que se aplican en la piel o presentaciones más apetecibles, y siempre puede enseñarte la técnica en persona o encargarse él si de verdad hace falta.
Recuerda también que la información de un artículo nunca sustituye a una consulta. Si tu gato es muy problemático o notas cualquier complicación con su medicamento, la atención profesional es siempre la mejor de las decisiones.
Darle la medicina a un gato no es agradable para casi nadie, pero es una de esas cosas que, tarde o temprano, todo dueño acaba teniendo que aprender.
Y como todo en esta vida, con práctica se vuelve mucho más llevadero.
Quédate con lo esencial: solo lo que recete el veterinario, con calma, con técnica y sin forzar jamás hasta romper la confianza.
Un poco de maña y mucho cariño resuelven casi cualquier situación por complicada que parezca.

Porque al final, detrás de esa pequeña pelea por una pastilla, está lo que de verdad importa: cuidar la salud de tu gato para que os queden por delante muchos años juntos, tan sanos como felices.
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