Tu gato te oye perfectamente y aun así te ignora

Lo llamas por su nombre desde la cocina y no pasa nada. Lo llamas otra vez, más alto y más agudo, y esta vez una oreja gira un segundo hacia ti y vuelve a su sitio.
A la tercera ni eso. Sigue mirando por la ventana, con la espalda perfectamente recta, como si en esa casa no viviera nadie más que él y el pájaro del alféizar.
Y aquí viene la parte incómoda: te ha oído perfectamente. Sabe cómo se llama, distingue tu voz de otra cualquiera y ha decidido, con toda la calma del mundo, que no hay ningún motivo para moverse de ahí.
Sí sabe cómo se llama
Empecemos quitando de en medio la excusa más repetida. Tu gato no se queda quieto porque no sepa cuál es su nombre.
Se ha mirado con calma, y con gatos que viven en casas normales. La prueba es sencilla y bastante elegante.
Se le dicen delante varias palabras corrientes, parecidas en largo y en entonación, hasta que deja de prestarles atención.
Y entonces, en mitad de esa lista aburrida, se cuela su nombre. Ahí es donde el gato se delata.

Unos giran la cabeza de golpe. Otros mueven las orejas para afinar, sin levantar siquiera el mentón del cojín.
Los menos maullan o mueven la cola. Pero casi ninguno se queda igual que estaba.
Y hay más. En casas con varios gatos, muchos distinguen su nombre del de sus compañeros, que es un nivel de detalle nada menor.
También reconocen quién habla. La voz de la persona con la que conviven no les suena igual que la de un desconocido diciendo exactamente lo mismo.

Así que la escena de la ventana no es un fallo de audición ni un despiste. Es una decisión tomada.
Nadie lo crió para obedecer órdenes
Aquí es donde casi todos nos equivocamos de comparación. Medimos al gato con la vara del perro, y no compiten en igualdad de condiciones.
El perro lleva muchísimas generaciones a nuestro lado, y no de cualquier manera. Camada tras camada se ha elegido al que mejor respondía a lo que le pedíamos.
El que atendía y volvía cuando lo llamaban tenía sitio junto al fuego. El que iba a su aire, bastante menos.

Con el gato no pasó nada de eso. Entró en nuestras casas hace relativamente poco y entró por la puerta de servicio, cazando lo que se comía el grano.
Nadie lo seleccionó por obediente. Se le toleró por útil, y lo útil lo hacía solo, de noche y sin que nadie lo supervisara.
Fíjate en la diferencia de fondo. Un perro necesita al grupo para vivir; un gato adulto puede apañárselas sin nosotros.
Un animal que sabe alimentarse por su cuenta no arrastra en su historia ninguna necesidad de hacer caso. Nunca le hizo falta para nada.

Por eso acudir a una llamada no le sale de dentro. No hay nada en su pasado que le diga que venir cuando te llaman sirva para algo.
Y por eso conviene bajar mucho el listón de la ofensa. Que no venga no es desprecio ni desagradecimiento: es que ese cable no está puesto.
Entonces, ¿por qué no viene?
Descartado el nombre y entendida la historia, queda lo de cada tarde. ¿Qué le está pasando por la cabeza en el momento exacto en que lo llamas?
La respuesta suele ser una cuenta muy simple. Qué gana moviéndose y qué pierde, y casi siempre gana quedándose donde está.
🛏 Está mejor donde ya está
Piensa dónde estaba cuando lo llamaste. En el mejor sitio de la casa, caliente, alto y con todas las salidas controladas.
Tú le pides que cambie eso por venir andando hasta la cocina. Desde su punto de vista, es un mal negocio.

Y depende mucho de lo que suele venir después. Si al llegar le espera una barriga apretada y dos besos en la cabeza, la cuenta empeora todavía más.
Muchos gatos toleran ese cariño, no lo disfrutan. Y aprenden muy rápido qué llamadas terminan en transportín, pastilla o cortaúñas.
🐦 Tiene algo mejor que mirar
Otras veces no es que no quiera. Es que tu voz no le llega al primer plano.
Un gato fijado en un pájaro, en una mosca o en un ruido dentro de la pared está trabajando. Está cazando aunque no se mueva ni un milímetro.

En ese estado la atención se le cierra como un túnel. Tu llamada no pesa lo suficiente como para sacarlo de ahí.
No es un capricho ni una falta de respeto. Es un cazador haciendo lo único que su cabeza considera urgente en ese momento.
🙀 Tiene miedo o está tenso
El miedo y el estrés lo mandan siempre al mismo sitio: lo más escondido y estrecho que encuentre en toda la casa.
Una visita inesperada, un portazo, una obra en el piso de arriba o un gato desconocido en el patio bastan de sobra.

Mientras dure eso, olvídate de que acuda. Y sobre todo, no lo saques tú a rastras del hueco en el que se ha metido.
Necesita tiempo, y ese tiempo lo pone él. Cuando vuelva a estar cómodo, volverá a estar disponible.
📣 Su nombre se ha gastado
Hay una causa doméstica muy común y bastante triste. El nombre ha perdido todo su valor de tanto repetirlo.
Si suena veinte veces al día sin que detrás pase nada, deja de ser una señal y se convierte en ruido de fondo.

Peor todavía si aparece cuando lo regañas. Entonces su nombre anuncia algo malo, y lo más lógico del mundo es no acudir.
Esa palabra se puede recuperar, pero tiene método propio y da para un artículo aparte. Aquí nos quedamos en el porqué.
Una oreja que gira ya es respuesta
Cambiemos entonces el rasero. Estamos midiendo si nos hace caso con un criterio de perro: que venga corriendo o nada.
Con esa vara, el gato suspende todos los días. Con la suya, aprueba casi siempre.
Un gato que te ha oído casi nunca se queda igual del todo. Cambia algo, pero cambia muy poco y muy rápido.

La oreja que rota hacia ti sin que se mueva ni un pelo del resto del cuerpo ya es un acuse de recibo en toda regla.
También lo es el parpadeo lento en tu dirección, la punta de la cola que da dos golpes o el bigote que se adelanta un poco.
A veces es solo un cambio de postura. Estaba hecho una bola cerrada y ahora tiene la cabeza levantada, aunque siga tumbado en el mismo cojín.
Nada de eso es venir. Todo eso es contestar.
Y ojo con lo que deducimos de ahí. Que venga o no venga dice muy poco del cariño que te tiene, y de los tipos de apego del gato se habla largo en otro artículo.
Llega tarde, y no es casualidad
Lo llamas, no viene, te olvidas del asunto y te sientas. Cinco minutos después aparece por el pasillo como si la idea fuera suya.

Ese retraso tiene su lógica y es de las cosas más felinas que hace en todo el día.
Venir en el segundo exacto en que se lo pides significa aceptar el plan de otro. Venir un rato más tarde es venir por su cuenta.
Tampoco hay cálculo ni orgullo en eso. Simplemente tu voz entra en su lista de cosas interesantes, no en el primer puesto.
Muchas veces la llamada solo le sirve para saber dónde estás. Y esa información la usa cuando a él le viene bien.

Por eso hay gatos que aparecen al oír la nevera, la bolsa del pienso o la silla que arrastras al sentarte a la mesa.
No es que respondan mejor a un ruido que a tu voz. Es que ese ruido anuncia algo concreto, y tu nombre pronunciado en el aire no anuncia nada.
Ahí entra también lo bien que te tiene memorizado, que es un asunto largo y con sorpresas, y lo tratamos en el artículo sobre la memoria del gato.
¿Y si de verdad no oye?
Hasta aquí todo era carácter e historia. Ahora toca el único caso en el que no responder no es una elección.

Conviene tener claro un detalle. El oído del gato es muchísimo mejor que el nuestro y alcanza sonidos que nosotros ni sospechamos que existen.
Localiza un roce diminuto detrás de un mueble y sabe a qué distancia está sin necesidad de verlo. Sus orejas se orientan solas hacia el ruido.
Con ese equipo es prácticamente imposible que no te haya oído llamarlo desde la habitación de al lado. Salvo que algo no vaya bien.
Por eso la señal de alarma nunca es que te ignore a ti. Es que deje de reaccionar a todo.

Fíjate en lo que antes lo levantaba de golpe. El abrelatas, la bolsa del pienso, la puerta de la calle, tus llaves en la cerradura.
Hay otras cosas que llaman la atención: que duerma mucho más profundo, que se sobresalte cuando lo tocas por detrás o que maúlle bastante más fuerte que antes.
Pasa sobre todo en gatos mayores, y es un motivo de consulta perfectamente normal. También se vigila en gatos blancos de ojos azules, por razones que valora el veterinario.
No intentes diagnosticarlo tú dando palmadas a su espalda. Un oído puede estar tapado por algo puntual y con solución, o puede tratarse de algo permanente.
Que lo revise quien sabe hacerlo. Ahí sí hay algo que hacer, y cuanto antes se mire, mejor.

Así que la escena de la ventana no tiene demasiado misterio. Te oye, te reconoce, sabe perfectamente cómo se llama y decide no moverse.
Y decide bien, desde su punto de vista. Está a gusto, hay un pájaro delante y venir no le garantiza nada mejor.
No hay ningún desplante en todo esto. Hay un animal al que nadie le pidió nunca obediencia y que lleva con nosotros mucho menos tiempo del que creemos.
Lo que sí puede cambiar es dónde miras tú. Deja de esperar el trote del perro y empieza a fijarte en la oreja, la cola y el parpadeo.
Con esa vara vas a descubrir que te contesta muchísimo más de lo que pensabas. Casi siempre, y casi sin moverse del sitio.
Y guárdate la excepción en la cabeza. El día que no reaccione a nada, ni a tu voz ni al abrelatas, eso ya no es carácter y toca pedir cita.
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