¿Tienen cosquillas los gatos? Así responde su piel

Le rascas la tripa, cierra los ojos y arranca a ronronear. Tres segundos después tienes su boca cerrada alrededor de tu muñeca y las patas traseras pateándote el antebrazo.
Lo sueltas, te miras la marca y piensas lo de siempre: que le ha cambiado el humor de golpe, que es un gato raro o que tiene doble personalidad.
No le cambió nada. Le pasaste un umbral, y su piel llevaba avisándote desde el primer roce con señales tan pequeñas que ni las registraste. Porque lo que siente bajo tu mano no se parece nada a la risa, aunque lo llamemos cosquillas.
¿Sienten cosquillas o solo lo parece?
Sí las sienten, y bastante mejor que nosotros. Lo que no tienen es justo la parte que damos por descontada al usar esa palabra, que es la de reírse.
Hace más de un siglo, dos investigadores se dieron cuenta de que estábamos metiendo dos sensaciones distintas dentro del mismo nombre, y les pusieron términos separados.
La primera es la cosquilla del roce ligero: la de la pluma pasada por el antebrazo, la del pelo suelto en la nuca, la de la hierba en el tobillo.
Esa no da risa. Da picor, escalofrío y unas ganas inmediatas de rascarse o de sacudirse la zona.

La segunda es la cosquilla de la presión: los dedos hincados en las costillas o en la planta del pie. Esa sí arranca carcajada, y a veces manotazos.
Aquí está la clave. La de la risa la tenemos los humanos y los primates, y prácticamente nadie más.
La del roce la comparte medio reino animal, tu gato incluido, y la tiene mucho más afinada que tú.
Así que puedes intentarlo mil veces: por mucha presión que le hagas en el costado, no vas a sacarle una carcajada, porque ese circuito no existe en él.

Lo que tú le provocas es siempre la primera clase, la del roce. Y esa clase de cosquilla nunca fue un juego: es un sistema de alarma.
Una piel que nota lo invisible
Imagina a un gato dormido en la hierba alta. Un insecto se le sube al lomo por detrás, justo en la franja que no alcanza con la vista.
No hay ojo que lo vea ni bigote que lo toque. La única forma de enterarse es que la piel lo detecte antes de que ese bicho pique o se instale.
Ese es el trabajo real del cosquilleo del roce: avisar de lo que se mueve encima cuando todavía no ha hecho nada.

Y como es una alarma, funciona sola. No pide permiso ni consulta, no espera a que el gato decida si le apetece responder.
De ahí salen dos gestos que ves en tu salón todas las semanas y que casi todo el mundo interpreta al revés.
La piel que ondula sola
Le pasas la mano por la espalda y ves la piel moverse por su cuenta, en una onda que recorre el lomo como si tuviera vida propia.
Eso no es un escalofrío emocional. Es una capa de músculo fino pegada bajo la piel del tronco, que la sacude para tirar al suelo lo que se haya posado.
Cuando esa onda aparece mientras lo acaricias, no significa que le encante. Significa que tu mano ha entrado en la categoría de cosa que hay que quitarse de encima.

La pata que patalea
El otro gesto es el pataleo de las traseras cuando le tocas la barriga. Se parece tanto a nuestra risa nerviosa que es difícil no leerlo como diversión.
No lo es. Esa pata que se dispara contra tu antebrazo es la misma que un gato usa para trabajar a una presa mientras la sujeta con los dientes.
Cuando la tripa nota algo encima, las traseras suben. No hay decisión intermedia ni hay enfado: hay reflejo.
¿Por qué la caricia acaba en mordisco?
Aquí entra el concepto que cambia la convivencia entera, y es tan simple que da rabia no haberlo pensado antes: la caricia se acumula.
Un pase de mano por el lomo no se borra cuando levantas los dedos. Se suma al anterior.

El primero es información nueva y agradable. El décimo, en el mismo sitio y con la misma presión, ya es ruido sobre una piel que lleva un minuto en alerta.
Y cuando la señal deja de ser agradable, la respuesta que tiene programada no es apartarse educadamente: es quitarse de encima lo que le molesta.
Eso explica lo que más descoloca de la escena del sofá. El ronroneo y el mordisco pueden estar separados por tres segundos sin contradecirse en absoluto.
Ronronear no es firmar un contrato de veinte minutos, es contarte cómo va ahora mismo. Y el ahora mismo de un gato dura muy poco.

El umbral, además, no es un número fijo grabado en su carácter. Cambia varias veces al día.
Un gato que ha dormido bien, con la casa en silencio y la tripa llena, aguanta mucho más que otro al que acaban de pasarle la aspiradora por delante.
De ahí la frase que se oye en todas las casas: que el mismo gesto que ayer le encantaba hoy termina en zarpazo. Hiciste lo mismo; era distinto el gato.
¿Dónde sí le gusta que lo toquen?
Hay tres zonas donde la mano acierta casi siempre, y no es cuestión de suerte con el carácter del gato.
Son los puntos donde concentra glándulas de olor, las mismas que usa para dejar su marca en la esquina del mueble y en tus piernas cuando llegas a casa.

Tocarlo ahí es acompañar algo que él ya hace por su cuenta, así que la sensación juega a tu favor.
Barbilla y mejillas
La barbilla es la apuesta más segura de todas. Rasca con la yema del dedo, despacio, siguiendo la línea de la mandíbula hacia la comisura del labio.
Las mejillas, justo delante de donde nacen los bigotes, funcionan igual de bien. Si estira el cuello y empuja contra tu mano, tienes vía libre.
La base de la cola
El arranque de la cola es la zona de más impacto de las tres. También la más traicionera.
Da mucho placer y se satura a una velocidad tremenda. Muchos gatos levantan la grupa y piden más, y a los pocos segundos giran la cabeza con la boca medio abierta.

La barriga no está en la lista
La tripa se queda fuera aunque él te la enseñe todos los días al verte entrar por la puerta.
Ahí guarda todo lo que hay que proteger, así que ahí es donde el reflejo salta antes y más fuerte. No es antipatía: es anatomía.
Hay gatos que la dejan acariciar toda la vida. La mayoría, no. Si el tuyo es de los que no, respétalo y quédate arriba.
Las señales que avisan del zarpazo
El gato avisa siempre. El problema es que su aviso es silencioso, dura dos segundos y ocurre en partes del cuerpo que nadie está mirando.

Cuando aprendes a leerlo, la mano se retira sola y el mordisco de la tripa deja de ocurrir en tu casa.
Primero, lo que significa que vas bien. Ronronea, el cuerpo está flojo y los ojos entrecerrados o cerrados del todo.
Y la señal más clara de todas: paras y viene a buscarte, empujando tu mano con la cabeza para que sigas.
Después llegan los avisos, y llegan todos antes que la boca. Ninguno hace ruido.

La piel del lomo empieza a ondular sin que la estés tocando. La cola, hasta ahora quieta, golpea el sofá o el suelo con la punta.
Las orejas giran hacia atrás o se aplanan. Los músculos, que estaban blandos, se ponen duros bajo tu palma.
Sacude la cabeza, sacude una pata como si se quitara agua, o deja de mirarte a ti y mira tu mano.
Cualquiera de esos gestos, uno solo, significa exactamente lo mismo: se acabó.

Si sigues, viene el resto del programa. Se aparta, se levanta, y si lo tienes sujeto te agarra el brazo con las dos manos.
Ese mordisco no es agresividad ni mal carácter. Es la última frase de una conversación que empezó veinte segundos antes y en la que tú no participaste.
Conviene tener presente un caso que no encaja en nada de lo anterior. Si tu gato reacciona así siempre y en cualquier zona, la explicación deja de ser el umbral.
Lo mismo si le ves la piel del lomo agitarse sola sin que nadie la toque, si se muerde el arranque de la cola o si sale disparado sin motivo.
Un dolor de espalda, una molestia de piel o un cuadro que el veterinario sabe reconocer hacen que cualquier caricia sobre. Eso se mira en consulta, no en el sofá.
Cómo acariciarlo sin pasarte de la raya
Con todo lo anterior, la técnica se resume en tocar poco, tocar donde toca y parar tú antes que él.
✋ Empieza siempre por la cabeza
Ofrece un dedo quieto a la altura de su nariz y espera sin moverlo. Si acerca la cara y te frota la mejilla, tienes permiso para seguir.

Si no se mueve, si gira la cabeza o si se queda mirando el dedo, no lo tienes. Retira la mano y déjalo estar.
De ahí pasas a barbilla y mejillas, nunca al revés. Empezar por el lomo o por la cola es entrar por la puerta de atrás.
⏱ Cuenta y para tú primero
Un buen tope son unos pocos segundos de caricia seguida y después levantar la mano un momento, sin retirarte del sitio.
Si vuelve a por más, sigues otro tanto. Si se queda quieto, se estira o se aparta, la sesión ha terminado.

👀 Mira la cola, no la cara
La cara engaña muchísimo, porque un gato puede ronronear con los ojos cerrados hasta el segundo antes del mordisco.
La cola no engaña nunca. En cuanto empiece a golpear el sofá o a dar latigazos, la mano fuera sin discutirlo.
Que se tumbe boca arriba delante de ti es un cumplido enorme. Devuélveselo rascándole la barbilla, no la tripa.
Y si un día acabas con la mano atrapada, no grites ni des tirones. Quédate quieto y afloja: en cuanto dejas de moverte, suelta.

Llamarlo cosquillas no está mal del todo, pero ya sabes a qué le estás llamando así. Tu gato no se ríe por dentro cuando le pasas la mano por encima.
Lo que tiene es una piel montada para detectar lo que se le sube al lomo mientras duerme, y esa piel sigue funcionando igual encima de tu sofá.
Cuando lo acaricias entras por esa misma puerta. Al principio la sensación es buena, y pasado cierto punto se convierte en una alarma que él tiene que apagar como sabe.
El mordisco de la tripa deja de ser un misterio en cuanto asumes eso. No cambió de humor de golpe: se llenó, y tú seguiste.
La parte buena es que el aviso llega siempre y con tiempo de sobra: la cola que golpea, la piel del lomo que ondula, la oreja que gira hacia atrás.
Un gato que muerde sin razón aparente casi nunca existe. Lo que hay, casi siempre, es un gato al que nadie estaba mirando mientras hablaba.
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