Gatos contra perros: quién es más listo según la ciencia

Siempre sale en algún momento de la sobremesa. Alguien cuenta que su perro trae las zapatillas, todo el mundo sonríe y llega la frase de siempre: los perros son mucho más listos.
Tú miras a tu gato, que lleva veinte minutos peleándose con el cierre de un armario sin que nadie le haya pedido nada, y no sabes muy bien qué contestar. Algo no encaja en esa cuenta.
La ciencia ha intentado responder a esa pregunta, y lo interesante no es quién gana. Es descubrir que la pregunta está mal hecha desde el principio y que la respuesta cambia por completo según qué decidas medir.
Obedecer órdenes no es ser listo
Cuando hablamos de personas, inteligencia significa una cosa bastante clara: capacidad de resolver problemas.
Cuando hablamos de animales de casa, esa definición cambia sin que nadie avise. Ahí inteligencia pasa a significar aprender comandos y ejecutar tareas.
El cambio de vara parece inofensivo y no lo es. Estamos midiendo dos cosas distintas con la misma palabra.
Si comparas a perros y gatos con ese segundo criterio, el resultado no tiene ninguna emoción. Gana el perro por goleada.

Le pides que se siente y se sienta. Le lanzas una pelota y la trae. Se lo repites mañana y sigue reconociendo la orden.
Pídele lo mismo a un gato. Lo normal es que te mire, calcule que eso no le aporta nada y se vaya a otra habitación.
La lectura fácil es que uno entiende y el otro no. La lectura honesta es que ese examen solo lo puntúa uno.
Una prueba de obediencia no mide cuánto entiende un animal. Mide cuántas ganas tiene de colaborar contigo.
Y las ganas de colaborar no son inteligencia. Son otra cosa, igual de valiosa y completamente distinta.
¿Por qué el perro saca mejor nota?
La ventaja del perro en ese examen no es casualidad. Viene de muy atrás.

Los perros fueron domesticados hace miles de años y llevan todo ese tiempo trabajando codo con codo con nosotros.
Camada tras camada se quedó el que mejor respondía a lo que se le pedía. El resultado es un animal que depende de nosotros para su bienestar y que lo sabe.
Eso les ha convertido en auténticos expertos en acatar órdenes. Entienden nuestro lenguaje, nos miran a la cara y siguen el dedo que señala.
Aprenden comandos con una facilidad que sigue impresionando, y conviene decirlo sin rebajarlo: eso también es ser muy listo.
El gato empezó a vivir en nuestros hogares hace relativamente poco, y nadie lo eligió por obediente. Esa historia la contamos aparte, cuando explicamos por qué te oye y aun así no viene.

Para lo que nos ocupa hoy basta con quedarse una idea. Parte con desventaja en ese examen, y la desventaja no está en su cabeza.
Detrás de cualquier gato de sofá hay un cazador solitario. Un animal que salía de noche sin equipo y que tenía que resolverlo por su cuenta.
Nadie iba a señalarle dónde estaba el ratón. Nadie le abría la puerta ni le decía que insistiera un poco más.
Un animal así no desarrolla la costumbre de mirar a nadie esperando instrucciones. Desarrolla exactamente lo contrario.

Por eso usar la prueba de obediencia para comparar a los dos sería tremendamente injusto. Es preguntarle a un pez cuánto corre.
Contar neuronas tampoco lo resuelve
Como la prueba de obediencia no sirve, hubo que buscar una vara más neutral. La que se usó fue contar neuronas.
Un estudio publicado en 2017 comparó el número de neuronas de distintos mamíferos. Entre ellos entraron un golden retriever, un perro de raza mixta y un gato.
Para situar las cifras hace falta un punto de referencia. En la corteza humana se estiman 16.000 millones de neuronas.
El golden retriever salió con 623 millones. El perro de raza mixta, con 429 millones. El gato, con 250 millones.
La primera reacción de casi todo el mundo es la misma: normal, el cerebro del gato es más pequeño.

Pues resulta que la cosa no funciona así. Hay animales con cerebros de tamaño parecido cuyo número de neuronas varía muchísimo.
O sea que la diferencia es real y no un efecto del tamaño. Ahí el perro está por delante y no tiene sentido negarlo.
Lo que no está nada claro es qué significa exactamente ese número en el día a día.
Contar neuronas es contar piezas. Te dice cuánta máquina hay dentro, no qué hace el animal con ella.
El detalle que el propio recuento deja fuera
Hay además algo que salta a la vista en cuanto miras la lista dos veces.

Ese trabajo comparó dos perros distintos, un golden retriever y uno de raza mixta. De gatos entró uno solo.
Nadie ha repetido el recuento con un siamés, con un bengala o con un maine coon. No sabemos si el resultado se movería.
Con una foto incompleta, cerrar el asunto proclamando un ganador es ir demasiado rápido.
Dónde el gato juega con ventaja
Cambiemos la vara y mira lo que pasa. Si en lugar de premiar la obediencia premiamos resolver algo sin ayuda, la foto se da la vuelta.
Ahí aparece la diferencia de estilo entre los dos. Ante un problema, el perro tiende a buscar a su humano; el gato tiende a quedarse a pelearlo.

Los gatos son capaces de resolver acertijos y perseverar solos hasta conseguirlo. Y esa terquedad es una ventaja mucho más seria de lo que parece.
🧩 Insiste hasta que algo cede
Esconde un premio dentro de un envase cerrado y vuelve media hora después. Es muy probable que tu gato siga ahí.
No pide ayuda, no te busca con la mirada y no abandona a la primera.
Prueba con la pata, gira el objeto, lo empuja hasta tirarlo al suelo a ver qué pasa. Va cambiando de método sobre la marcha.
Eso, en cualquier definición seria de la palabra, es resolver un problema.

🚪 Abre lo que le interesa abrir
Casi todo el mundo con un gato en casa tiene su anécdota de puerta, de cajón o de armario.
Nadie se lo enseñó. Te vio hacer el gesto un par de veces, dedujo por dónde iba el mecanismo y lo repitió hasta que cedió.
Un perro también aprende a abrir cosas, y muchos lo hacen de maravilla. La diferencia está en la ruta: el gato suele llegar solo.
⏰ Sabe leer tus horarios
Tu gato sabe a qué hora te levantas, qué ruido hace la puerta del edificio y cuál es el cajón donde vive su comida.
No ha memorizado una lista. Ha detectado patrones dentro de tu rutina y se coloca antes de que ocurran.

Cómo funciona su memoria da para un artículo entero. Aquí solo cuenta que ese trabajo lo hace por su cuenta, sin que nadie lo entrene.
🎯 Aprende trucos si le compensa
El gato aprende comandos perfectamente. Lo que ocurre es que exige un motivo, y el motivo casi siempre tiene forma de comida.
Con premios pequeños y sesiones cortas se le enseña a sentarse, a chocar la pata o a entrar solo en el transportín.
Muchos lo pillan tan rápido como cualquier perro. Lo que no vas a encontrar es esa disposición a hacerlo gratis, por complacerte.

Por eso el famoso «es que no obedece» se cae solo en cuanto pones algo interesante encima de la mesa.
Mete un premio en una caja de cartón cerrada sin apretar y déjala en el suelo delante de él. Ahora la parte difícil: no le ayudes. Siéntate y cronometra cuánto aguanta probando. Vas a ver el repertorio completo, pata, hocico, empujones y vuelta a empezar. Ese rato mirando dice más de la cabeza de tu gato que cualquier ranking de internet.
¿Hay razas de gato más listas?
El recuento de neuronas dejó fuera algo que con los perros sí se tuvo en cuenta: la raza.
Y con los gatos pasa lo mismo que con los perros. Hay razas que aprenden rápido y razas que van a su propio ritmo.
En las listas de gatos más despiertos aparecen casi siempre los mismos nombres.
Suelen citarse el gato doméstico de pelo corto, el siamés, el abisinio, el bengala, el birmano y el tonkinés.
También el scottish fold, el savannah, el bobtail japonés, el maine coon y el cornish rex.

Cualquiera de ellos suele rendir por encima de la media, y quien haya convivido con un bengala sabe perfectamente de qué hablamos.
Lo que nadie ha comprobado todavía es si alguna de esas razas gana a alguna raza de perro.
No hay ningún estudio que lo confirme. Y sin estudio, todo lo demás es opinión de sobremesa disfrazada de dato.
Ojo con estas listas
Estos rankings se construyen sobre todo con la impresión de quienes conviven con esas razas y de quienes las crían.
No son una medición de laboratorio, y conviene decirlo antes de usarlos para ganar una discusión familiar.

Además, el carácter individual pesa una barbaridad. Hay siameses tranquilísimos y gatos comunes sin pedigrí que abren la nevera.
Entonces, ¿quién es más listo?
Después de todo esto, la respuesta seria decepciona un poco: depende de qué midas.
Si mides obediencia y trabajo en equipo, gana el perro, y no gana por poco.
Si mides resolver un problema sin ayuda y no rendirse, el gato aguanta la comparación de sobra.

Si cuentas neuronas, el perro vuelve a ponerse delante, con la foto incompleta que ya hemos visto.
Ninguna de esas tres cosas es la inteligencia, así, en singular. Son tres exámenes distintos con tres ganadores distintos.
La distancia entre los dos animales tampoco parece enorme. Es más un cambio de especialidad que un escalón.
Y ahí es donde la pregunta del principio se desmonta sola.
No se puede medir con la misma vara a dos animales que la evolución preparó para trabajos que no se parecen en nada.

Al perro lo preparó para entendernos a nosotros. Al gato lo preparó para entender el mundo sin nosotros.
Comparar esas dos cosas es como discutir si un destornillador es mejor herramienta que un martillo.
Lo cual, bien mirado, es una noticia estupenda para los dos bandos de la sobremesa. Nadie tiene que perder.
La próxima vez que salga el tema, no hace falta que defiendas a tu gato. Él no está compitiendo.
Está haciendo justo aquello con lo que a su especie le fue bien: mirar, probar, insistir y quedarse con lo que funciona.
Y si algún día decide traerte las zapatillas, ten por seguro que será porque ha calculado que le compensa.
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