Cómo meter a tu gato en el transportín sin que sea una batalla

Llega el día de la visita al veterinario, sacas el transportín y tu gato desaparece por arte de magia. Y cuando lo pillas empieza la lucha: se agarra a los bordes, saca las uñas y se convierte en un pulpo imposible.
La buena noticia es que no tiene por qué ser un drama. Con la técnica correcta para el momento de apuro, y sobre todo acostumbrándolo poco a poco, deja de ser una pelea cada vez.
Son tres cosas: cómo meterlo cuando no queda otra, cómo acostumbrarlo para que entre él solito y cómo elegir un buen transportín, porque no todos valen igual.
¿Cómo meterlo cuando hay prisa?
Empecemos por el apuro de última hora, cuando tienes que meterlo sí o sí y no hay tiempo de acostumbrarlo.
Hay una forma correcta de hacerlo que es rápida y segura tanto para ti como para él.
Que conste que esta es la opción de emergencia, no la ideal.
Lo suyo es haberlo acostumbrado antes, como veremos luego, pero conviene conocer bien la técnica para esos días en que se te echa el tiempo encima y no hay más remedio.
🐱 Colócalo en vertical y sujétalo por el cuello

Pon el transportín en vertical, apoyado sobre su parte trasera y con la puerta abierta mirando hacia arriba.
Así el gato entra "hacia abajo", por gravedad, y le cuesta mucho más agarrarse a los bordes para resistirse.
Esta postura es media batalla ganada. Un gato metido de frente en un transportín horizontal despliega las cuatro patas contra la entrada y no hay quien lo empuje; en cambio, con el transportín de pie, esa resistencia deja de funcionarle.
Luego sujeta al gato por el cuello, cogiendo la piel de esa zona con la mano entera y cerrándola con firmeza.
No tengas miedo de hacerle daño, porque no se lo haces: es la misma zona por la que su madre lo agarraba de pequeño para trasladarlo de un sitio a otro.
Ese instinto lo conservan toda la vida, y al sujetarlos así no sienten dolor.
Eso sí, hazlo con firmeza pero sin abusar: si aprietas flojo, el gato puede escaparse o hacerte daño, y si lo mantienes demasiado se asustará, aunque nunca por dolor.
Mete primero las patas traseras

Con una mano sujetando el cuello, con la otra cógele las patas traseras juntas. La clave está en meterlo de culo: introduce primero las patas traseras en el transportín, que está en vertical, y ve bajándolo sin soltarle el cuello en ningún momento.
Cuando ya esté dentro del todo, suéltale y, con la mano que te queda libre, cierra bien la puerta antes de que reaccione.
Ya puedes volver a poner el transportín en horizontal sobre el suelo. Rápido y sin dramas.
Todo el movimiento debe ser fluido y sin titubeos.
Cuanto más rápido y decidido seas, menos tiempo tiene el gato de agarrarse o de ponerse a la defensiva, y menos estresante resulta el trance para los dos.
Contra la pared o de espaldas
Si el de la posición vertical no te convence, hay un método parecido: pega el transportín a la pared, sin la tapa puesta, mete al gato dentro y cierra rápidamente la caja. La pared le impide echarse atrás y ganas la partida.
Otra opción muy útil es meterlo de espaldas, es decir, de culo y no de cabeza.
A la mayoría de los gatos les agobia menos entrar sin ver el fondo del habitáculo, y forcejean bastante menos que si los empujas de frente.

Elige el método con el que te sientas más cómodo y, sobre todo, actúa con seguridad.
Los gatos perciben nuestras dudas: si titubeas, ellos lo aprovechan; si vas con decisión y calma, se dejan llevar mucho mejor.
📌 Acostúmbralo a entrar por su cuenta
Todo lo anterior son parches para salir del paso. La solución de verdad, la que hace que el problema desaparezca para siempre, es conseguir que tu gato entre en el transportín por su propia voluntad.
Y eso se logra con costumbre.
Requiere algo de tiempo y de constancia, pero es una inversión que merece muchísimo la pena.
Piensa que un gato bien acostumbrado entrará solo cuando se lo pidas durante toda su vida, y te ahorrarás incontables forcejeos en cada visita al veterinario.
El secreto es dejar el transportín siempre en casa abierto, como un mueble más, en lugar de sacarlo solo el temido día del veterinario.
Si únicamente lo ve cuando toca sufrir, es normal que lo odie; si forma parte del paisaje, deja de darle miedo.

Ponle dentro una mantita que huela a él y, de vez en cuando, deja también algún premio o un poco de comida para que le apetezca entrar a investigar.
Puedes cubrirlo por encima con una toalla o una manta para que resulte más recogido y acogedor, como una cueva.

Colócalo en un sitio tranquilo y resguardado: detrás de un mueble o del sofá, tras una cortina o sobre una estantería baja.
A los gatos les encantan los rincones protegidos, y así se animará mucho antes a meterse dentro.
Ten paciencia y no te desanimes si al principio ni se acerca.
Al ser un objeto nuevo, es normal que lo mire con recelo unos días; poco a poco irá perdiéndole el miedo, sobre todo si dentro siempre encuentra algo que le gusta.
Es cuestión de paciencia.

Si tu gato es muy reacio, puedes ayudarte de las feromonas sintéticas en spray que imitan las que ellos usan para marcar su entorno como seguro. Un par de pulverizaciones dentro del transportín pueden hacer que lo perciba como un lugar de confianza.
🐾 Tápalo con una sábana al salir
Ya lo tienes dentro.
Ahora, para que el trayecto no lo ponga de los nervios, hay un par de detalles que marcan una diferencia enorme en su tranquilidad.

Ese truco tiene premio extra en la consulta: muchos transportines permiten levantar la tapa superior, de modo que el veterinario puede explorarlo o ponerle las vacunas sin necesidad de sacarlo, evitando que se ponga aún más nervioso.
De hecho, muchos gatos que en casa no hay quien meta dentro, en la consulta se niegan a salir, porque el transportín se ha convertido en su refugio en un entorno desconocido.
Aprovechar la apertura de arriba evita tener que forzarlos y les ahorra ese mal trago.
Y si el transportín ha tenido malas experiencias asociadas, o es nuevo, lávalo bien con agua y jabón antes de usarlo.
Así eliminas olores que puedan recordarle un mal rato o resultarle extraños, y empieza de cero.
¿Cómo elegir un buen transportín?
No todos los transportines sirven igual, y elegir bien te ahorrará disgustos. Estas son las características en las que deberías fijarte antes de comprar uno para tu gato.
¿Que quepa y no se hunda?

Tiene que ser lo bastante grande para que quepa con comodidad y, a poder ser, para que pueda darse la vuelta dentro.
Piensa que lo vamos a usar para cosas que no le entusiasman, así que al menos que el trayecto sea lo más cómodo posible.
Igual de importante es que tenga una base rígida que no se doble cuando el gato se apoya.
A los gatos les da mucha seguridad la estabilidad, y una base firme es clave, sobre todo si tu gato es de los grandes y pesa seis o siete kilos.
Con un gato así de grande, una base endeble no solo resulta incómoda: puede llegar a doblarse o incluso a romperse cuando lo levantas con el gato dentro.
Invertir en una estructura sólida es, sobre todo en estos casos, una cuestión de seguridad.
¿Que no se abra por accidente?

Comprueba siempre que los cierres seguros funcionen bien antes de meter al gato. Es más habitual de lo que crees que un transportín se abra a destiempo, y si eso pasa en plena calle, el gato puede escaparse y vivir un buen susto.
Los transportines blandos suelen cerrarse con cremallera, que si el gato es pesado puede llegar a abrirse; los rígidos usan cierres de tipo grapa o pestillo, que con el tiempo a veces se aflojan o se pierden.
Sean del tipo que sean, revísalos bien antes de cada uso.
Muy recomendable también que tenga un acceso superior, es decir, que se pueda abrir por arriba además de por la puerta.
Facilita muchísimo meter a los gatos más reticentes y permite manejarlos sin sacarlos del todo, algo que los veterinarios agradecen enormemente.

¿Que le entre bien el aire?

Por último, fíjate en que tenga una buena ventilación. Los transportines rígidos suelen traerla de serie, con los laterales en forma de rejilla o barrotes por los que entra bien el aire; los blandos la resuelven con paños de malla tipo mosquitera.
La ventilación no es ningún capricho, sino una cuestión de bienestar y de salud.
Un gato encerrado en un espacio mal aireado se agobia enseguida, y si encima hace calor, el riesgo para él se multiplica en cuestión de minutos.
Para trayectos largos, mejor evítalas.

🧳 ¿Transportín duro o blando?
Cumplidas esas características, la gran duda es si elegir uno rígido o uno blando.
La respuesta depende sobre todo según el uso que le vayas a dar, porque cada tipo tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Si solo lo vas a usar de forma muy puntual, por ejemplo para ir al veterinario y volver, un transportín blando suele ser buena opción: es cómodo para el gato, se maneja bien y ocupa poco espacio en casa. Eso sí, no lo elijas si tu gato es muy grande o pesado.
Para viajar en coche, tren o autobús, en cambio, es mejor uno rígido y lo más grande posible.
Su gran ventaja es la fiabilidad, la seguridad y la estabilidad que le da al gato; a cambio, es más voluminoso, pesa más y resulta más aparatoso de guardar.
El transportín blando, por su parte, aporta un plus de comodidad al gato porque es más mullido, y es el favorito de los veterinarios porque se desmonta y se maneja mejor.
Su punto flaco es que ofrece menos estabilidad en el coche y no siempre es del todo impermeable.
Si vuelas con él, infórmate bien: en cabina las aerolíneas suelen exigir un transportín blando homologado que quepa bajo el asiento, mientras que para la bodega piden uno rígido homologado. En cualquier caso, viajar en bodega estresa mucho al gato, así que conviene evitarlo siempre que se pueda.
Y si el trayecto es largo, olvídate de las mochilas de moda por muy vistosas que sean.

Entre su ventilación justita y su tamaño reducido, tu gato no irá nada cómodo en un viaje que se alargue, y su seguridad ante un frenazo tampoco es la mejor.
En resumen, no hay un transportín perfecto para todo, sino el más adecuado para lo que tú necesitas.
Piensa en cómo y cuánto lo vas a usar, y elige en consecuencia el que mejor combine comodidad y seguridad para tu gato.
Meter al gato en el transportín, en definitiva, deja de ser una odisea en cuanto juntas dos cosas: una buena técnica para los apuros y, sobre todo, la costumbre de tenerlo siempre a la vista como un rincón más de la casa.
Dedica un poco de tiempo a que lo vea como su cueva y no como su cárcel, y verás cómo el día de la visita al veterinario todo es muchísimo más fácil, para él y para ti.
Tu gato viajará más tranquilo y tú te ahorrarás arañazos y disgustos.
Y si aun así algún día toca meterlo a la fuerza, ya sabes: transportín en vertical, sujeción firme por el cuello y las patas traseras primero.
Con calma y sin gritos, hasta el gato más escurridizo acaba dentro sin mayor problema.
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