Cómo hacer que dos gatos se lleven bien en casa

Ampliar la familia con un segundo gato es precioso, pero también delicado. Por mucha ilusión que te haga a ti, tu gato de siempre puede vivirlo como una auténtica invasión de su territorio.
La buena noticia es que, con paciencia y el método adecuado, dos gatos pasan de mirarse con recelo a dormir acurrucados. La mala: si los juntas de cualquier manera, la cosa acaba en peleas y tensión.
Presentarlos paso a paso marca la diferencia para que empiecen con buen pie; y si los tuyos ya conviven y no se soportan, también tiene arreglo. Todo con calma y sin milagros de un día para otro.
El gato no es de manada
Para hacerlo bien, conviene partir de una verdad: los gatos no son animales de manada como los perros. Por naturaleza son solitarios y territoriales, y que varios convivan bajo el mismo techo es, en gran parte, un invento nuestro.

Tu gato no ve al recién llegado como un amiguito, sino como un intruso que ha venido a competir por sus recursos: su comida, su espacio, su gente. Su primera reacción no es maldad, es puro instinto de defensa de lo suyo.

Por eso, la palabra clave de todo este proceso es paciencia.
Los gatos no se pelean por odio: es una construcción nuestra, no suya.
Solo necesitan tiempo para aprender que ese otro gato no es una amenaza, sino un compañero.
Presentación gradual, sentido a sentido
La clave de una buena presentación es no tener prisa e ir incorporando los sentidos uno a uno, de forma gradual.
Primero el oído, después el olfato, luego la vista y, por último, el tacto.
Ese orden lo es todo.
El orden de los sentidos: oído, olfato, vista y tacto. Primero se oyen, después se huelen, luego se ven a través de una barrera y, solo al final, se tocan.
Saltarte pasos es la receta perfecta para una pelea.
Prepara un cuarto solo para él
Antes de nada, prepara una habitación solo para el gato nuevo, con todo lo que necesita: comida, agua, arenero, cama y algún cojín o peluche donde pueda ir dejando su olor. Ese espacio reducido, además, le ayudará a relajarse antes.

El otro gran preparativo es la comida.
Si tu gato tiene el cuenco siempre lleno, empieza a establecer horarios unos días antes, reduciendo poco a poco lo que le dejas.
Vamos a usar la comida como recompensa, y para eso necesita tener algo de hambre.
Paso 1: que se oigan
El día que llegue el nuevo, evita cualquier contacto visual entre ellos.
Que alguien entretenga a tu gato mientras dejas al recién llegado en su cuarto.
Y, muy importante, no lo saques a la fuerza del transportín: deja que salga cuando se sienta preparado.

Inevitablemente, tu gato oirá al otro moverse y maullar al otro lado de la puerta.
No te preocupes: solo lo está escuchando, y eso ya es la primera etapa de la socialización.
Están tomando conciencia el uno del otro sin ningún riesgo.

Paso 2: que se huelan
Aquí entra en juego lo de los horarios.
Dales de comer a la vez, cada uno a un lado de la misma puerta cerrada.
Al principio no pegues los platos a la puerta; con las repeticiones, ve acercándolos poco a poco.

Lo que consigues es que tu gato huela al nuevo mientras recibe la mejor recompensa posible: un plato lleno.
Así asocia ese olor con algo agradable y deja de verlo como una amenaza.
No tengas prisa: deja que se huelan así durante varios días.
Puedes reforzarlo dejando por la casa objetos con el olor del gato nuevo, y frotando un trapito en sus glándulas del olor: la barbilla, las mejillas y detrás de las orejas. Observa la reacción de tu gato: si lo huele y pasa, buena señal; si bufa, alarga esta etapa.

Paso 3: que se vean
Cuando tu gato tolere bien el olor del otro, toca el contacto visual, pero sin contacto físico. Lo más cómodo es colocar una valla o barrera en la puerta del cuarto, lo bastante alta para que no puedan saltarla.

De nuevo, recurre a la comida: que coman viéndose a través de la valla, empezando en puntos alejados y acercándose poco a poco. No pasa nada si al principio solo aguantan un par de minutos mirándose; lo importante es que asocien verse con comer.
En cuanto uno se enfade o intente meter la pata por la valla, distráelo con un juguete y lo dejas para el día siguiente. Parece un proceso largo, pero si lo haces bien, solo tendrás que hacerlo una vez en la vida.
Paso 4: que se toquen
Llegó el gran momento del encuentro cara a cara.
Al principio, deja que compartan habitación pero cada uno en una esquina, y muy importante: que cada uno tenga algo que hacer, comer, jugar o recibir mimos.

Lo peor que puedes hacer es dejar a un gato sin nada que hacer, porque se quedará mirando fijamente al otro y la tensión irá creciendo. Con la ayuda de otra persona, jugad cada uno con un gato para que bajen la guardia y se relajen.
Y una regla de oro: termina siempre las sesiones con buen sabor de boca, nunca con un enfado.
Si uno se pone tenso o se queda mirando fijo, corta y espera al día siguiente.
Repite hasta que se relajen del todo y empiecen a jugar o a relacionarse.
🐱 Cada gato con sus propias cosas
Tanto para presentar a dos gatos como para reconciliar a los que ya no se soportan, hay una idea que lo resuelve casi todo: que cada gato tenga sus propias cosas. Son tres los recursos por los que compiten.
El primero es la comida.
Si se pelean comiendo, separa las zonas de alimentación, incluso en habitaciones distintas.
Y da de comer siempre antes al gato dominante que al más sumiso, para que no le quite el plato al otro.
El segundo son las zonas de descanso.
Observa a tus gatos: si a uno le gustan las alturas y al otro las zonas bajas, respeta esa preferencia y coloca la cama de cada uno donde suele estar.
Así no se disputan el mismo rincón.
El tercero, y el más delicado, es el arenero.
Los gatos toleran compartir comida, pero jamás el baño: es cuestión de instinto y de intimidad.
A nadie le gusta un baño público, y a ellos tampoco.

La regla de los areneros: pon uno por gato más uno extra, y que sean cubiertos. Así cada uno tiene el suyo sin que el otro lo aceche, y en un momento tan vulnerable como ese se sienten seguros y tranquilos.
Un truco para detectar tensión: fíjate en cómo comen. Si uno lo hace muy rápido, mirando a los lados y sin llegar a apoyar el trasero en el suelo, es una señal clarísima de que no está nada tranquilo y de que hay conflicto.
📌 Juega con los dos a la vez
El juego es una herramienta poderosísima, porque un gato jugando está mucho más relajado.
Aprovéchalo para jugar con los dos poco a poco: empieza con uno mientras el otro se va acercando, distrayéndolo con la otra mano.
Así, poco a poco, se irán reconociendo como compañeros de juego en lugar de rivales. Con el tiempo podrás jugar con los dos a la vez, pero no lo fuerces: cada avance a su ritmo, sin quemar etapas.

El otro gran aliado es el refuerzo positivo.
Cuando veas a los dos gatos cerca y relajados, sin mirarse ni retarse, prémialos con una caricia o una chuchería.
Así aprenden que estar juntos y en paz trae cosas buenas.
También aquí, dale el premio antes al gato dominante que al sumiso, por la misma razón que con la comida. En casi toda convivencia felina hay algún tipo de relación de dominancia, aunque no sea tan marcada ni piramidal como la de los perros.
✨ Reñirlos lo estropea todo
Hay un fallo que lo estropea todo: reñir a los gatos.
Tienen un carácter indómito y no llevan nada bien que, encima de estar pasándolo regular con el otro gato, tú les grites.
Solo consigues más tensión y que se sientan inseguros a tu lado.
Otro error es tener prisa.
Este proceso es lento, muy lento, y querer resultados desde el primer día solo lleva a forzar situaciones y a provocar peleas.
Tienes que implicarte al máximo en evitar cualquier fricción entre ellos.
Sobre el spray de agua: no es para usar a diario, porque también estresa. Pero si se enzarzan en una pelea seria de la que no puedes separarlos, un chorrito de agua para que se suelten es preferible a que se hagan daño.
Solo para esos casos.
Un bufido suelto no es pelea
Es normal que entre dos gatos que conviven haya, de vez en cuando, algún bufido o algún manotazo. No significa que se lleven mal: simplemente están estableciendo sus relaciones sociales, colocándose cada uno en su sitio dentro de la casa.
La cosa cambia si ves que no pueden ni verse: que en cuanto uno entra, el otro ya pone las orejas hacia atrás, bufa o marca territorio. Eso sí es una relación tensa, y toca averiguar por qué recurso están compitiendo para ponerle solución.

No te asustes, por tanto, con el primer manotazo.
A menudo es solo un "tú vas aquí y yo voy allá".
Lo preocupante es el lenguaje claramente agresivo y sostenido, no esos pequeños roces que forman parte de la vida en común.
Sin hormonas, la convivencia va mejor
Cuantos menos ingredientes metamos en el cóctel, mejor, y las hormonas sexuales son uno de los más explosivos. Un gato sin castrar marca territorio y está más tenso, sobre todo si es macho, lo que envenena la convivencia.
Por eso, esterilizar a tus gatos reduce mucho la territorialidad y el estrés entre ellos, y mejora bastante que se lleven bien. Es una de esas medidas de fondo que allanan el camino a todo lo demás.
Las feromonas sintéticas felinas también pueden echar una mano.
Imitan las que los gatos liberan al frotarse y ayudan a relajarlos.
No son un sedante ni un control mental, y a veces funcionan y a veces no, pero merece la pena probarlas.
¿Cómo saber si van por buen camino?
Sabrás que el esfuerzo está dando frutos cuando veas que tus gatos empiezan a compartir más tiempo y más espacios sin tensión. Que estén en la misma habitación tranquilos ya es una gran señal de progreso.
Y la señal definitiva, la que confirma el éxito, es el día que te los encuentras durmiendo juntos, jugando o acicalándose el uno al otro. Ahí sabrás que han formado un grupo social de verdad, y que la paciencia ha merecido la pena.

Ten presente una cosa: muchas veces el objetivo no es que sean los mejores amigos del mundo, sino que la convivencia sea lo mejor posible y, al menos, se toleren. Con eso, en muchos casos, ya está el problema resuelto.
💡 ¿Cuándo pedir ayuda profesional?
Si has aplicado todo lo anterior y tus gatos siguen sin llevarse nada bien, no te empeñes en pelear tú solo con la situación.
Es el momento de recurrir a una ayuda superior: un etólogo, un profesional del comportamiento felino.
El etólogo podrá identificar exactamente dónde están las fricciones y darte pautas específicas para tus gatos, algo que un artículo general no puede hacer. Una mala convivencia sostenida puede acabar en agresividad, así que mejor atajarla cuanto antes.
Presentar bien a dos gatos, o reconciliar a los que ya conviven, requiere tiempo, método y una buena dosis de paciencia. No hay atajos, pero el resultado, cuando llega, cambia la vida de todos para mejor.
Ve paso a paso, respeta sus ritmos, dale a cada uno lo suyo y premia siempre la calma. Poco a poco, esos dos gatos que se miraban con desconfianza pueden acabar siendo la mejor compañía el uno para el otro.
Y si algún día los pillas dormidos juntos, hechos un ovillo, sabrás que todo el esfuerzo ha valido la pena. Al final, ayudar a dos gatos a quererse es uno de los regalos más bonitos que puedes hacerles.
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