Cómo regañar a un gato correctamente

Tu gato la lía: se sube donde no debe, araña el sofá o te muerde jugando, y tú te preguntas cómo hacerle entender que eso no se hace. Es una de las dudas más habituales de quien convive con un gato.
Lo primero: regañar a un gato no es como regañar a un perro, y desde luego no es gritarle ni castigarlo. Hacerlo mal no corrige nada; solo consigue que te tenga miedo y deje de confiar en ti.
Educarlo de verdad pasa por entender por qué se porta así y por técnicas que redirigen la conducta sin enfados ni romper el vínculo tan bonito que tenéis.
Educar en vez de regañar
Empecemos por cambiar el chip. Más que de "regañar" o "castigar", conviene hablar de educar y redirigir.
En la naturaleza, los animales aprenden a base de refuerzos, que aumentan una conducta, y de correcciones, que la reducen.

La idea es sencilla: si quieres que repita algo, prémialo; si quieres que deje de hacer algo, corrígelo de una forma que lo entienda.
Todo lo demás, gritos incluidos, sobra y encima juega totalmente en tu contra.
Y ojo, corregir no es lo mismo que maltratar. Una cosa es enseñar y otra muy distinta es pegar, traumatizar o someter a tu gato.
Eso último no educa: destroza la relación y crea problemas mucho peores de los que intentabas resolver.

La clave es que la corrección sea entendible para el gato. Fíjate en cómo lo hacen ellos: cuando uno se pone pesado, otro le suelta un zarpazo y el primero para al instante.
No hay enfado ni rencor; es puntual, y en cuanto cesa la conducta, aquí paz y después gloria.

😿 El castigo solo te gana miedo
Antes de las técnicas que funcionan, hay que dejar clarísimo lo que no debes hacer bajo ningún concepto.
Lo primero: nada de castigo físico. Pegarle no le enseña nada, solo le mete miedo y lo vuelve más desconfiado y estresado.
Tampoco sirve gritarle ni ponerte de malas formas. El gato es un animal tremendamente sensible, y el gran problema de educarlo es evitar que asocie la bronca contigo.
Si te tiene miedo a ti, has dado un paso atrás enorme.
Ese es, precisamente, el gran reto de educar a un gato: conseguir que note que una conducta está mal sin que asocie ese malestar con tu persona.
Hay que corregir, por así decirlo, con elegancia, para que la bronca no lleve tu nombre.
El error del spray de agua: usarlo cada vez que hace algo mal es un error. El gato acaba asociando el castigo contigo, igual que con los gritos, y te pierde la confianza.
Como mucho, algo muy esporádico y en el momento exacto, nunca como rutina.
El motivo de fondo es siempre el mismo: si tu gato relaciona lo desagradable con tu persona, dejará de fiarse de ti.
Y un gato que no confía en su humano es un gato más nervioso, más asustadizo y, encima, más propenso a repetir la conducta por puro estrés.
🐱 Entiende primero por qué lo hace
Y ahora, la clave más importante de toda la educación felina: antes de corregir nada, entiende por qué tu gato hace eso que te molesta.
Casi siempre, la respuesta lo cambia todo.
Muchas de esas conductas que a nosotros nos fastidian no son maldades, sino comportamientos naturales del gato.
Dicho de otro modo, tu gato solo está intentando ser gato en un mundo de humanos, y eso no se castiga, se comprende.

A veces te maúlla de noche o te muerde los pies porque no le estás cubriendo alguna necesidad: le falta juego, estímulo o atención.
Corregir el síntoma sin mirar la causa es una batalla perdida de antemano.

Pregúntate siempre qué está intentando decirte con esa conducta.
Un gato que araña, maúlla o muerde de más casi nunca lo hace por capricho: suele ser su forma de pedir algo que le falta o de gestionar una emoción que todavía no sabe canalizar.
Por eso, el 99% de la educación de un gato debería consistir en predicar con el ejemplo, reforzar lo que te gusta e ignorar lo que no.
Y solo cuando sea estrictamente necesario, corregir la conducta concreta, sin enfadarte.
Las técnicas que sí funcionan
Aclarado todo lo anterior, vamos con las herramientas que de verdad dan resultado.
No hay una sola: lo ideal es combinarlas e ir eligiendo la más adecuada para cada situación y cada gato.
El refuerzo positivo
Es la herramienta más poderosa de todas. Consiste en recompensar a tu gato cuando hace algo que quieres que repita.
No hace falta que sea una golosina: una caricia, unas palabras cariñosas o un mimo bastan de sobra.

Los gatos no son tontos, ni mucho menos: en cuanto notan que una conducta les trae algo agradable, tienden a repetirla. Así que, si usa bien su arenero o su rascador, prémialo.
Estás enseñándole, sin ninguna bronca, qué está bien hecho.
Funciona de maravilla combinado con rutinas. A los gatos les encanta tener su entorno controlado y repetir las mismas cosas cada día.
Si estableces un ritual, por ejemplo a la hora de dormir, y lo premias al cumplirlo, lo interiorizará enseguida.

Por ejemplo, muchos dueños consiguen que su gato duerma toda la noche con un pequeño ritual: a cierta hora aparece su camita, lo llaman, se sube y recibe una caricia.
Con los días, el gato acaba esperando ese momento para irse a descansar solo.
📌 Ofrécele algo mejor que hacer
Los gatos son bastante obsesivos: cuando se empeñan en algo, lo quieren a toda costa.
La redirección consiste en desviar su atención hacia otra cosa cuando está haciendo algo que no te gusta.

Si maúlla insistente ante una puerta cerrada, o se sube donde no debe, lánzale un juguete que le encante para que se centre en él y se olvide de su obsesión.
Con un poco de práctica, deja de pensar en aquello y se engancha a lo nuevo.
No cambia la conducta de un día para otro, claro. Si se cansa del juguete, prueba con una caña, o ponte a jugar con él de otra forma.
Poco a poco, va aceptando la situación y entendiendo que no pasa nada. Es tedioso, pero es de lo más eficaz.
Sirve para casi todo. Si te pide salir a la calle con insistencia y no quieres que salga, redirige esa energía hacia el juego y el enriquecimiento dentro de casa.
Poco a poco, esa puerta cerrada deja de ser una obsesión y aprende a estar tranquilo.
Un sonido que le interrumpe
Otra técnica sencilla es el ruido disuasorio: un sonido para interrumpir una conducta justo cuando va a ocurrir.
Una palmada fuerte, un libro que cae al suelo lejos del gato, o un "no" dicho algo más alto de lo normal.

La clave está en cómo se hace. El sonido debe emitirse en el ambiente, no dirigido al gato, y a cierta distancia, para que no lo interprete como que le estás gritando a él.
Solo el sonido puntual; nada de soltarle una bronca después.
Y, como todo, hay que hacerlo en el momento justo: cuando lo pillas con la intención o en plena acción.
Si llegas tarde, no sirve de nada, porque el gato no relacionará el ruido con lo que hizo hace un rato.
Ojo con una trampa: el ruido no funciona si tu gato no entiende que esa acción está mal, por ejemplo si unas veces le dejas subirse a un sitio y otras no.
Esa incoherencia lo confunde, así que las reglas tienen que ser siempre las mismas.
Ignorar a tu gato
Esta es, quizá, la herramienta más potente de todas, y la única que no te pide hacer nada... salvo aguantarte.
Los gatos son expertos en manipularnos: saben tocar las teclas justas para que hagamos lo que quieren.

Ignorar bien es un arte: significa no mirar, no hablar y no tocar. Nada de "ay, no seas pesado".
Cero atención de cualquier tipo. Solo así el gato entiende que con esa conducta no consigue absolutamente nada de ti.
Es la mejor arma contra las conductas de llamada de atención: los maullidos insistentes, el gato que te despierta de noche o el que te pide comida sin parar.
Si no obtiene respuesta, acaba entendiendo que no le sirve de nada.

Eso sí, es la técnica más difícil, porque exige un autocontrol enorme. Si ignoras a tu gato durante días y un día flaqueas y le haces caso, das un paso atrás gigantesco: aprenderá que insistiendo lo suficiente, al final, cae.
La constancia lo es todo.
Piensa que, a sus ojos, cada vez que cedes le estás confirmando que insistir funciona.
Por eso, si empiezas a ignorar una conducta, mantente firme aunque cueste, porque una sola recaída puede echar por tierra semanas enteras de trabajo.
Corrige justo cuando ocurre
Si en algún momento hay que corregir de verdad una conducta, hazlo siguiendo tres reglas que resumen todo lo anterior.
Es la forma en que se corrigen los gatos entre ellos, y por eso la entienden a la perfección.
Las tres emes: Momento (en el instante justo de la conducta, nunca después), Medida (con la intensidad adecuada, ni de menos ni de más) y Manera (de forma que le resulte entendible). Y cuando el gato pare, se acabó: sin rencor.
La consistencia es igual de importante. No puedes premiar un día lo que al día siguiente vas a corregir, porque tu gato no entenderá nada.
Si una regla es una regla, tiene que serlo siempre, para todos y en todo momento.
Y sobre todo, ármate de paciencia.
El comportamiento de un gato no cambia de la noche a la mañana, y menos si es un gato adulto o rescatado de la calle, con hábitos muy arraigados. Ve poco a poco y no te frustres si tarda.
Un gato entretenido hace menos trastadas
Aquí está el gran secreto que se pasa por alto: muchísimas "trastadas" desaparecen solas cuando el gato tiene un buen entorno enriquecido.
La mayoría de los gatos no salen de casa y, si se aburren, se dedican a hacer diabluras.
Dale lo que necesita para ser gato de puertas para dentro: un buen rascador, sitios en alto donde subirse y, muy importante, acceso a una ventana.
Mirar por la ventana es la mayor distracción para un gato: se siente seguro tras el cristal y se entretiene durante horas.

De hecho, muchísimos gatos cambian por completo de carácter solo con dejarles vigilar la calle desde un lugar en alto y seguro.
Un gato entretenido y a gusto no necesita liarla para llamar tu atención ni para quemar energía.
Así que, antes de pensar en corregir nada, pregúntate si tu gato tiene todo lo que necesita para ser feliz dentro de casa.
Muchas veces, enriquecer su mundo resuelve el problema sin necesidad de una sola regañina.
✨ ¿Y cuando te muerde?
El mordisco merece un apunte aparte, porque es de lo más común.
Lo primero: un gato no siempre muerde por agresividad; a menudo hay otras causas detrás, así que conviene descartarlas antes de dar nada por hecho.
Muchas veces te muerde jugando, cuando se emociona de más, o incluso como una forma torpe de cariño mientras lo acaricias.
En esos casos, lo mejor es redirigir o ignorar: lánzale un juguete con la otra mano, o deja de acariciarlo, levántate y vete.
Si te muerde de verdad durante el juego y te hace daño, un buen recurso es el llamado castigo negativo: interrumpes el juego al instante y te vas.
Un "no" firme o incluso un pequeño grito de dolor, una sola vez, le ayuda a relacionar su mordisco con el fin de la diversión.

Así, poco a poco, aprende que esa forma de "querernos" o de jugar no nos gusta, y que en cuanto salen los dientes, se acaba lo bueno.
Es el mensaje más claro que puedes darle, y sin una sola bronca.
Como ves, no hay una técnica mágica única, sino un puñado de herramientas que se combinan según la situación.
Detecta la conducta, entiende por qué la hace y elige la forma más adecuada de reconducirla. Esa es la verdadera educación felina.
Y por encima de todo, recuerda la regla de oro: nada de miedo, nada de gritos, nada de castigo físico.
Se educa con paciencia, con constancia, con refuerzo positivo y con mucho cariño. Es más lento, sí, pero es lo único que de verdad funciona.
Al final, un gato bien educado no es un gato sometido, sino un gato que confía en ti y que ha aprendido, a su manera, a convivir en tu mundo.
Y esa confianza, que tanto cuesta ganar, es el mayor tesoro de vivir con un felino.
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