Antes de tener un gato persa, esto es lo que debes saber

Un majestuoso gato persa de pelaje largo y sedoso sentado con elegancia sobre un sofá en un salón acogedor

Pocos gatos tienen el porte aristocrático de un persa: esa carita achatada, esos ojos enormes y ese pelaje largo y sedoso que parece sacado de un cuadro antiguo. No es de extrañar que enamore a primera vista.

Pero detrás de tanta elegancia hay una raza con necesidades muy concretas y algún que otro problema de salud que conviene conocer antes de meter uno en casa, y no descubrirlos sobre la marcha.

Así que si estás pensando en tener un persa, quédate: vamos a ver cómo es, cuál es su carácter, sus ventajas y sus desventajas, y todo lo que necesita para ser feliz y estar sano a tu lado durante muchos años.

Índice

🛁 Un gato robusto de pelo larguísimo

El persa es una raza de aspecto inconfundible: cabeza redonda, cara chata, mejillas gorditas, orejas pequeñas y redondeadas, y un cuerpo fuerte de tamaño medio. Suele pesar entre cuatro y seis kilos, aunque algunos machos llegan a los siete.

Un primer plano de la cara redonda y achatada de un gato persa, con sus mejillas gorditas y ojos grandes, en casa

Su rasgo estrella es, cómo no, ese pelaje largo, denso y sedoso que le cubre por completo el cuerpo y se concentra sobre todo en el cuello y entre las patas. La cola, tupida y frondosa, parece un auténtico cepillo.

Un gato persa mostrando su cola tupida y frondosa mientras descansa sobre una alfombra del salón

Aunque se le llame "persa" por la antigua Persia, el gato que hoy conocemos es en realidad una mezcla, fruto de cruzar el persa original con gatos de angora. De ahí le viene buena parte de su melena tan espectacular.

Curiosamente, todos los persas fueron en su origen de color gris. Fue al llegar a Europa, a partir del siglo XVII, cuando los criadores empezaron a cruzarlos para obtener la enorme variedad de colores que existe hoy en día.

🐱 El rey tranquilo del sofá

Si tuviéramos que resumir el carácter del persa en una sola palabra, sería tranquilo.

Es un gato dócil, dulce y afectuoso, de esos que prefieren mil veces una siesta al sol que ponerse a trepar por las cortinas.

Cuando maúlla lo hace con una voz suave, casi musical, sin escándalos.

Y cuando le caes bien, usará tu regazo como un trono desde el que gobernar plácidamente su reino.

Es un gato de compañía en el sentido más literal de la palabra.

Un gato persa sentado con aire regio sobre el regazo de una persona en el sofá

No se caracteriza precisamente por ser travieso. Es muy poco probable que un persa te destroce las cortinas o tire los vasos de la mesa; lo suyo es buscar un rincón silencioso donde tomar el sol y descansar a gusto.

Un gato persa tomando el sol tranquilamente en un rincón silencioso junto a una ventana

Eso sí, su placidez tiene una cara B: los ambientes ruidosos y muy movidos no le van nada, y puede llevar mal la compañía de niños que jueguen de forma brusca. Con caricias suaves y buen trato, en cambio, es un auténtico cielo.

Ha perdido el instinto de caza

Aquí está una de sus grandes particularidades: el persa ha perdido casi por completo el instinto de caza.

No te traerá ratones ni saltamontes, y rara vez siente la necesidad imperiosa de salir al exterior.

Un gato persa tumbado plácidamente junto a un ratoncito de juguete que ignora por completo, en el salón

De hecho, muchos persas son tan caseros que incluso desarrollan cierto miedo al exterior, a esos espacios abiertos donde no se sienten seguros. Es un gato que muy difícilmente se te escapará de casa por su cuenta.

Por eso es una opción ideal para personas mayores, para pisos pequeños o para quien tiene verdadero miedo de que su gato se pierda. Un persa está feliz siendo el rey de su hogar, sin necesidad ninguna de aventuras fuera.

Cariñoso, pero dependiente

Toda esa dulzura tiene un precio: el persa es un gato que necesita mimos y compañía.

No es de los independientes que se apañan solos; al contrario, reclama atención y disfruta enormemente de los ratos contigo.

Una persona acariciando con cariño a un gato persa que se deja mimar a gusto en el sofá

Si lo dejas solo demasiadas horas, puede sentirse triste y desarrollar ansiedad, algo parecido a la ansiedad por separación de los perros. Cuando no se le hace caso, un persa se apaga poco a poco.

Es, por tanto, un gato menos autónomo que otras razas. Para quien busca un compañero pegajoso y agradecido, es perfecto; para quien pasa el día entero fuera de casa, quizá no sea la mejor de las elecciones.

Las ventajas de tener un persa

Repasemos lo bueno, que es mucho.

La primera gran ventaja es su temperamento: cariñoso, leal y tranquilo.

Si buscas un gato que te siga por la casa y se acurruque contigo, este es tu candidato ideal.

La segunda es que se adapta de maravilla a los espacios pequeños.

No necesita trepar muebles ni correr como un loco, así que un piso o un apartamento le vienen perfectos.

Y al ser tan silencioso, es genial si el ruido es un problema donde vives.

Un gato persa relajado en un apartamento pequeño y acogedor, perfectamente a gusto en su espacio

Y la tercera, no nos engañemos, es su belleza.

Un persa es como tener una obra de arte viviente paseándose por casa.

Si te gusta presumir de mascota, desde luego no te va a decepcionar lo más mínimo.

Las desventajas que debes conocer

Ahora, lo que no se cuenta tanto en las fotos bonitas. La principal desventaja es, precisamente, ese pelaje de ensueño: exige un mantenimiento diario que no todo el mundo está dispuesto a asumir.

La segunda es la salud. Por su cara achatada y sus grandes ojos, el persa es propenso a varios problemas concretos que le harán necesitar más visitas al veterinario que la mayoría de las razas.

Y la tercera, ya la hemos comentado: su dependencia. Un persa demanda atención y no lleva nada bien la soledad, así que requiere un dueño que le dedique tiempo de verdad, no solo un plato de comida lleno.

💡 Cepillarlo cada día no es opcional

Si te decides por un persa, asume desde el primer día que su pelo será tu principal tarea.

Esos mechones largos y frondosos necesitan cuidados a diario, sin excepción y sin excusas que valgan.

Su propia lengua no da abasto para mantener limpia semejante melena. Por eso es tu deber dedicarle unos minutos cada día a cepillarlo y retirarle el exceso de pelo, algo que además refuerza vuestro vínculo.

Una persona cepillando con cuidado el largo pelaje de un gato persa en el salón de casa

Para un pelaje tan denso no vale cualquier cepillo: necesitarás uno resistente, de uso intensivo, o no avanzarás en medio de esa selva de pelo. Un cepillo de cerdas más suaves te vale para el mimo del día a día.

Si descuidas el cepillado, el pelo se enreda y forma nudos incómodos para el gato.

Además, al acicalarse traga mucho pelo, lo que puede provocarle bolas e incluso problemas de estreñimiento.

El cepillo, aquí, es salud pura.

Convierte el cepillado en rutina: unos minutos cada día, siempre a la misma hora y con mimos y algún premio. Así tu persa lo vivirá como un rato agradable contigo y no como una pelea diaria por su melena.

Y ten muy presente otra cosa: con tanto abrigo encima, el persa es muy sensible al calor. En verano sufre de lo lindo con las temperaturas altas, así que procúrale sombra, agua fresca y un ambiente fresquito en los meses de más calor.

Un gato persa tumbado a la sombra sobre un suelo fresco de baldosas en un día caluroso de verano

Sus problemas de salud

La belleza del persa tiene, por desgracia, su letra pequeña. Su anatomía tan característica lo predispone a varios problemas de salud que todo dueño debe conocer de antemano y vigilar de cerca.

La cara chata y la respiración

Esa carita achatada tan adorable es, al mismo tiempo, su talón de Aquiles. La forma de su cráneo puede dificultarle respirar con normalidad y también masticar bien la comida.

Un veterinario examinando con suavidad a un gato persa sobre la camilla de una clínica luminosa

Cuanto más extremo es el achatamiento, peores suelen ser estos problemas. Por eso, si vas a elegir un persa, fíjate mucho en que su hocico no sea exageradamente chato: te lo agradecerá durante toda su vida.

Los ojos que lagrimean

Sus grandes y expresivos ojos son preciosos, pero también lagrimean con mucha facilidad.

No es peligroso en sí mismo, pero deja unas lagañas antiestéticas que hay que ir limpiando con regularidad.

Unas manos limpiando con delicadeza el lagrimeo de los ojos de un gato persa con una gasa húmeda, en casa

Tendrás que ayudarlo cada cierto tiempo, retirando ese lagrimeo con una gasa o toallita húmeda, o con un producto que te recomiende el veterinario. Así le evitas infecciones y lo mantienes cómodo y con la mirada limpia.

Riñones delicados y kilos de más

El persa tiene predisposición a problemas de riñón, en concreto al riñón poliquístico, con quistes que conviene vigilar.

Por eso hay que cuidar mucho su alimentación y no descuidar sus revisiones renales.

Al ser tan casero y sedentario, también tiende a la obesidad. Vigilar su peso y su dieta es fundamental para evitar que ese sobrepeso le sume todavía más problemas de salud a los que ya arrastra la raza.

A esta lista se le añaden ciertas condiciones de la piel. En resumen, es una raza que necesita un dueño atento y unas revisiones veterinarias algo más frecuentes que las de un gato común.

Dos tipos de persa muy distintos

Dentro de la misma raza hay variedades.

El tipo llamado peke-face presenta el achatamiento de la cara llevado al extremo, un rasgo que la cría selectiva ha ido exagerando con los años buscando un aspecto cada vez más exótico.

El problema es que esa búsqueda de lo extremo ha agudizado los problemas de salud. Por suerte, muchos criadores están volviendo a un tipo menos exagerado, el llamado "doll face", con un rostro más natural y bastante más sano.

Un consejo que agradecerá su salud: si vas a hacerte con un persa, elige uno de cara menos achatada, del tipo "doll face". Respirará mejor, tendrá menos problemas de ojos y te ahorraréis los dos muchos disgustos a lo largo de su vida.

La arena se le pega al pelo

Hay un detalle muy práctico que casi nadie cuenta: el pelo largo del persa y el arenero no se llevan demasiado bien. Si la caja no está impecable, cada vez que vaya al baño su melena se llenará de pegotes de arena.

Y a un persa esa sensación le horroriza.

Si le ocurre, es fácil que deje de usar el arenero y busque un sitio más cómodo para hacer sus necesidades: la alfombra, el suelo de madera o tu rincón favorito.

Por eso, con un persa, el arenero debe estar limpio siempre.

Un gato persa junto a una bandeja de arena limpia en un rincón ordenado del hogar

La calle no es sitio para él

Aunque siempre recomendamos la vida de interior para cualquier gato, en el caso del persa es casi una obligación. No está hecho para el mundo exterior, ni de lejos, y salir solo le trae más peligros que alegrías.

Es mal peleador, poco ágil y nada rápido; su instinto de supervivencia brilla por su ausencia. Y ese pelaje de gala no está diseñado, precisamente, para arrastrarse entre la tierra y la mugre de la calle.

Por si fuera poco, es tan llamativo y valioso que corre un riesgo muy real de que alguien lo robe si lo ve suelto por ahí. Entre unas cosas y otras, la calle no es sitio para un persa: su reino es, sin discusión, el sofá de casa.

📌 Lo que necesita cada día

Si después de todo esto sigues enamorado del persa —y es facilísimo estarlo—, aquí van las claves para tenerlo sano y feliz.

La primera ya la sabes: cepíllalo a diario, sin saltarte ni un solo día.

Cuida sus ojos limpiándole el lagrimeo con suavidad, y enriquece su entorno aunque sea un gato tranquilo: juguetes, un buen rascador y ventanas con vistas lo mantendrán entretenido y con la cabeza despierta.

Un gato persa asomado a una ventana contemplando el exterior desde la comodidad de su casa

Dale un alimento de calidad, pensando siempre en sus riñones, y agua bien fresca a todas horas. Y no te saltes las revisiones veterinarias: un chequeo anual y atención rápida a cualquier síntoma respiratorio o de ojos marcan la diferencia.

Un dato curioso: antiguamente el persa era el gato de la nobleza, tan valioso que llegó a usarse como moneda de cambio para comprar casas y tierras. Hoy es la raza con pedigrí más popular del mundo, aunque perfectamente asequible para cualquiera.

Entonces, ¿merece la pena tener un persa? Rotundamente sí, siempre que estés dispuesto a darle el tiempo y los cuidados que pide.

Desde luego, no es un gato para quien busca cero mantenimiento.

A cambio de ese compromiso, tendrás a uno de los compañeros más dulces, leales y elegantes que existen. Un gato que convierte cualquier sofá en un trono y cualquier casa en su reino tranquilo y silencioso.

Conócelo bien antes de dar el paso, prepárate para el cepillo diario y las visitas al veterinario, y tendrás a tu lado, durante muchos años, a todo un aristócrata felino hecho de mimos y de pelo suave.

Apuntes finales
1no es un gato para quien busca cero mantenimiento.
2se adapta de maravilla a los espacios pequeños.
3puede sentirse triste y desarrollar ansiedad.

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