El selkirk rex, el gato con aspecto de oveja rizada

Lo ves y no piensas en un gato: piensas en un cordero pequeño. El pelo no cae, se amontona en bucles anchos, y hasta los bigotes le salen torcidos como muelles ya gastados.
No es un capricho de la foto. El selkirk rex es grueso, redondo y lanoso, y ese conjunto no se parece en nada al de los demás gatos rizados que hay por ahí.
Detrás de esa pinta de oveja hay una gata callejera de Montana, unos cuantos persas y un gen que se transmite con un solo padre. Y una forma de cuidarlo bastante distinta a la que imaginas.
¿Por qué parece una oveja?
Ponlo al lado de cualquier otro gato de pelo rizado y la diferencia se ve desde la puerta. El selkirk tiene volumen: el manto se levanta en vez de pegarse al cuerpo.
Ese volumen tiene una explicación física. En un gato conviven tres tipos de pelo, el de guarda, el intermedio y la lanilla, y en esta raza los tres salen rizados.
Cuando el pelo de guarda, que es el largo y firme, también se curva, el manto pierde la capacidad de aplastarse. Se queda de pie, abierto, ocupando sitio.

De ahí el mote que lo persigue desde el primer día: el gato con piel de oveja. En inglés le llaman además gato caniche, y las dos cosas le quedan bien.
El rizo tampoco es igual en todo el cuerpo. Se nota mucho más en el cuello, la barriga y los flancos, y bastante menos en la línea del lomo.
Y no es un rizo limpio ni ordenado. Va en mechones anchos que apuntan a lados distintos: parece un peinado deshecho más que una onda de peluquería.
El rizo se mide con los dedos
Si algún día tienes uno cerca, no lo mires: métele la mano dentro. El tacto es seco y esponjoso, como lana cardada, y el pelo vuelve solo a su sitio.

Ese detalle es el que lo separa del resto. Otros gatos rizados se tocan suaves y pegados al cuerpo; este empuja contra la palma de la mano.
Los bigotes cuentan la misma historia. Le salen curvados, más frágiles de lo normal, y se le rompen con facilidad a media longitud.
Con ellos no hay nada que hacer. Ni cortarlos para igualarlos ni arrancar los que quedan torcidos: se caen y vuelven a crecer igual de rizados.
Un rizo que basta con un padre
Aquí está el dato que de verdad lo aparta de los otros gatos rizados, y no tiene que ver con el aspecto sino con la forma en que se hereda.

El rizo del selkirk es dominante. Con que uno solo de los padres lo lleve, la camada puede salir rizada; no hace falta que los dos aporten nada.
En el cornish rex y en el devon rex funciona justo al revés. Su rizo es recesivo: los dos padres tienen que llevarlo para que un gatito nazca ondulado.
Por eso en una camada de selkirk salen las dos cosas a la vez. Hermanos rizados y hermanos de pelo liso, en el mismo parto y de los mismos padres.
Los lisos no son un error ni un gato de segunda. Son selkirk de pelo liso, se registran como tales y siguen valiendo como reproductores.

Tampoco conviene juntar dos rizados pensando que saldrá el doble de rizo. Se describe lo contrario: pelo más áspero y menos poblado cuando la copia viene por duplicado.
Tres gatos rizados que no se parecen
Se meten en el mismo saco por costumbre, pero son tres inventos independientes, aparecidos en países y años distintos, sin ningún parentesco entre ellos.
El cornish no tiene pelo de guarda: le queda solo la capa fina, y por eso su onda es apretada, corta y pegada al cuerpo, con un cuerpo de galgo debajo.
El LaPerm juega otra partida. Muchos nacen pelones o pierden el pelo de cachorros y los rizos les llegan más tarde, en tirabuzones largos y sueltos.

El selkirk es el pesado del grupo. Mismo apellido en el papel, tres genes distintos, y una silueta que no se confunde con ninguna de las otras dos.
El cuerpo macizo viene de familia
Ese aire de peluche relleno no lo da solo el pelo. Debajo hay un esqueleto pesado que la raza no se inventó de cero: lo tomó prestado de otras.
Cuando apareció aquel primer gatito rizado, la persona que se hizo cargo de él criaba persas. Y el primer cruce fue exactamente ese, con un persa negro.
De ahí en adelante, la raza se apoyó en british shorthair, exóticos y americanos de pelo corto. Todos gatos anchos, tranquilos y de hueso grueso.

El resultado es un animal compacto: pecho ancho y patas cortas, cabeza redonda de mejillas llenas y unos ojos grandes muy separados entre sí.
Con esa herencia no llegó solo la forma. Llegó también el temperamento, que en las razas base es sereno, paciente y poco dado al escándalo.
Es lo contrario del cornish rex, un gato delgado e incansable que trepa por todas partes y se pasa el día buscando el punto más caliente de la casa.
Este otro se sube a tu regazo, se acomoda y se queda ahí. Juega cuando le apetece, pero no te va a reclamar sesiones de caña todos los días.

El nombre, por cierto, es un guiño familiar: se lo pusieron por el padrastro de la criadora. Es de las poquísimas razas felinas bautizadas con el nombre de una persona.
Lo que también se hereda y no se ve
De esas mismas líneas viene la parte incómoda. El persa arrastra el riñón poliquístico, y en las razas robustas se vigila además una enfermedad del corazón que tarda en dar la cara.
Eso no significa que tu gato vaya a tenerlas. Significa que existen pruebas que se pueden pedir antes de llevárselo y revisiones que luego conviene no saltarse.
A un criador serio se le pregunta por los análisis de los padres sin ningún rodeo. Lo que aparezca después, ya en casa, es terreno de tu veterinario.
El rizo cambia con los meses
Hay una escena que descoloca a mucha gente. Se llevan a casa un gatito rizado y, unas semanas después, el rizo ha desaparecido casi por completo.

Es lo normal. Los cachorros nacen ondulados, pierden buena parte de ese pelo durante los primeros meses y luego lo van recuperando poco a poco.
El manto definitivo tarda en llegar. No se ve terminado hasta pasado el año, y en muchos ejemplares sigue ganando cuerpo bastante después.
Una vez formado tampoco se queda quieto. El bucle se abre o se cierra según la estación, la humedad y las hormonas del animal.
Con aire húmedo el pelo se ablanda y el rizo se afloja; con aire seco se levanta y se esponja. El mismo gato parece otro en enero y en agosto.

En las hembras el ciclo hormonal también pasa por encima del manto: hay temporadas en que se vuelve más lacio sin que nadie haya cambiado nada.
Y existen dos versiones de la raza. La de pelo corto, con bucles cerrados y aire de felpa, y la de pelo largo, con tirabuzones sueltos en cuello, barriga y cola.
Cuidar lana sin estropear el rizo
Aquí es donde fallan los consejos genéricos para gato peludo. Con este manto, hacer de más lo estropea más que quedarse corto.
El error clásico es cepillarlo a diario con la idea de dejarlo bonito. Un cepillo abre el mechón, deshace el bucle y te devuelve el pelo encrespado.

El rizo se recompone solo con el paso de los días, pero mientras tanto el gato va despeinado y el pelo se enreda con más facilidad que antes.
El objetivo no es peinar el manto: es vigilar que no se apelmace por dentro. Son dos tareas distintas y solo una hay que hacerla a menudo.
🌀 Peina menos y con las manos
Un peine de púas anchas y separadas, pasado una o dos veces por semana, le basta a la mayoría de los ejemplares de pelo corto.

Los enredos pequeños se abren con los dedos, separando el mechón desde la punta hacia dentro. Tirar del peine arranca rizo sano pegado al nudo.
En la variedad de pelo largo hace falta algo más de constancia, sobre todo en la melena del cuello y en los pantalones de las patas traseras.
💧 El agua le cambia el pelo
Un baño de vez en cuando le viene bien, porque ese manto denso retiene grasa en el cuello y en la base de la cola más que un pelo liso.
Lo delicado es el secado. Toalla apretando, nunca frotando, y luego dejarlo secar al aire en un sitio templado y sin corrientes.

El secador con cepillo estira el bucle y te deja un gato liso durante días. Si hay que usar aire, tibio, de lejos y sin peinar mientras.
🧶 Dónde se apelmaza primero
El pelo muerto de un manto rizado no cae al suelo: se queda atrapado dentro del propio rizo. Y ahí es donde empiezan los nudos.
Los sitios de siempre son cuatro: detrás de las orejas, las axilas, la cara interna de los muslos y la franja justo delante de la cola.
Se comprueba en diez segundos y sin peine. Abre el pelo con los dedos hasta ver la piel y toca: si notas fieltro, ya se está formando.
¿Es el gato que te conviene?
Merece la pena separar lo que enamora en una foto de lo que se convive el resto del año, que es donde de verdad se decide.

Lo bueno pesa mucho. Es un gato tolerante, que encaja niños, visitas y otros animales sin montar dramas, y que además busca compañía de verdad.
No es ruidoso ni pesado con el juego. Con ratos cortos de caña y sitios cómodos donde tumbarse a lo ancho tiene de sobra.
Lo que sí exige es que no lo trates como a un gato corriente. Ni como a un persa ni como a un cornish: su manto tiene reglas propias.
Y pide elegir el origen con cabeza. Preguntar por las pruebas de los padres, ver a la madre y desconfiar de quien te meta prisa para cerrar la venta.

Si lo que quieres en casa es un animal eléctrico que te dé conversación todo el día, hay razas mejores. Esta va a estar dormida en el sofá.
El selkirk gusta primero por la broma visual, por ese aire de cordero metido dentro de un gato. Pero lo que lo hace fácil de vivir no es el rizo, es el fondo.
Un animal pesado, lento de gestos y con una paciencia que no traen todas las razas. El pelo solo es lo que te obliga a mirarlo la primera vez.
Y cuando ya lo tienes delante, la lista de cuidados se encoge. Peine ancho, poca agua, dedos hasta la piel y dejar que el rizo haga lo suyo.
El resto es un gato tranquilo ocupando el mejor sitio del sofá, con los bigotes torcidos y cara de no haber roto nunca un plato.
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