El kurilian bobtail pesca y tiene cola de pompón

Abres el grifo para llenar un vaso y ahí lo tienes, subido al borde del fregadero, con la pata metida en el chorro. No la aparta: la mete más.
Casi todos los gatos huyen del agua. Este la mira como quien mira un plato servido: algo se mueve ahí dentro y hay que sacarlo con la mano, como se ha hecho toda la vida.
No es una manía suya. Viene de unas islas frías del Pacífico donde sus abuelos se ganaban la vida pescando, y esa costumbre no se le fue con la mudanza al sofá de un piso.
El gato que bajó de las Kuriles
Las Kuriles son un rosario de islas volcánicas tendido entre el norte de Japón y la península rusa de Kamchatka. Niebla, roca y mar frío.
Allí no hay comodidades para nadie. Un gato que quiera comer tiene que salir a buscárselo y competir además con el clima.
Durante generaciones vivieron medio sueltos alrededor de las aldeas de pescadores. Nadie los seleccionaba: los elegía el invierno.
De ahí salen el hueso ancho, el pelo doble y esa cabeza de cazador que no ha perdido en el traslado a la ciudad.
Y de ahí sale lo que nos ocupa hoy: un gato al que el agua no le impone, porque el agua era su despensa.

En los ríos de esas islas suben peces. En la orilla, un gato paciente tiene la comida al alcance de la pata.
Del archipiélago al continente
La raza no la inventó nadie. Se hizo sola durante siglos, aislada, con el mar alrededor haciendo de valla.
Al continente llegó en el equipaje de militares, científicos y veraneantes que volvían de las islas con un gatito debajo del brazo.
Ya en tierra firme, alguien se fijó en que todos traían la misma cola rara y el mismo carácter descarado.
De ese interés nacieron los primeros criaderos rusos y, con ellos, un estándar escrito. Es una raza joven en los papeles y viejísima en la práctica.

Fuera de Rusia sigue siendo poco común. Cuesta encontrar uno, y bastante más si lo buscas lejos de su tierra.
🎣 Meter la pata en el agua
Lo primero que sorprende de un kurilian en casa no es la cola. Es lo que hace con cualquier recipiente que tenga agua dentro.
Mete la pata. La saca, la mira, la vuelve a meter. Golpea la superficie y se queda estudiando lo que ha pasado.
No es torpeza ni es sed. Es la primera mitad de una cacería: mover el agua para ver qué se mueve debajo.
Un gato corriente aparta la pata mojada con cara de disgusto. Este se la seca y vuelve.

En las islas ese gesto tenía premio. Aquí lo repite en el bebedero, en la bañera con dos dedos de agua y en el cubo de fregar.
Conviene separar dos cosas que se confunden todo el rato. Nadar y pescar no son lo mismo.
Del van turco ya hablamos en la web: ese se mete entero, nada y disfruta del baño por el baño, sin buscar nada más.
El kurilian no va a eso. Va a por lo que hay dentro, y para eso le basta con la pata y con no tenerle miedo a mojarse.
Por eso acepta el chorro del grifo, el charco de la ducha y el fregadero recién vaciado. Otra cosa es que lo metas tú.

Ahí está la clave de la convivencia: el agua le interesa cuando es idea suya. Impuesta, protesta igual que cualquier otro gato.
También explica la escena típica de las casas con acuario. El gato se sienta delante del cristal y no se mueve en un buen rato.
No está viendo la televisión. Está calculando.
Una cola distinta en cada gato
Ahora sí, la cola. De lejos parece un pompón de lana pegado a la grupa.
De cerca es otra cosa. Es una cola corta y doblada sobre sí misma, cubierta de pelo que le da ese volumen redondo.

Debajo hay vértebras de verdad, curvadas y en algunos casos soldadas entre ellas. No es un muñón liso.
Lo llamativo es que no hay dos iguales. Ni siquiera entre hermanos de la misma camada.
Cambia el número de vértebras, cambian las curvas y cambia hacia dónde giran. Cada gato lleva la suya y esa no se repite.
Los criadores lo dicen con una comparación que se entiende sola: la cola es como una huella dactilar.
Por eso las descripciones de la raza hablan de formas y no de medidas. Se habla de colas en espiral, en escobilla o en muñón corto.

Un juez de exposición la valora al tacto. Se palpa, no se mira, porque el pelo esconde el dibujo que hay dentro.
En la variedad semilarga el efecto se dispara todavía más: parece el doble de cola de la que realmente hay.
Esa cola además se mueve. La agita, la levanta y la usa para hablar, solo que con mucho menos recorrido que las largas.
Quien vive con uno aprende a leerla igual de bien. El pompón vibra cuando el gato se pone contento.
Lo que no se toca
Hay una regla sin matices: esa cola no se manipula. Ni se estira, ni se tira de ella, ni se juega a apretarla.
Dentro hay curvas y uniones. Un tirón fuerte puede hacer daño de verdad, y quien lo paga es el gato.

Si un día se queja al rozarla o la esconde, eso se lo cuentas al veterinario en la siguiente visita.
¿Por qué no es un manx?
Esta es la confusión más repetida y la que más conviene aclarar. Cola corta no significa lo mismo en todas las razas.
En la isla de Man hay otra historia muy distinta, la del manx y su versión peluda, el cymric, que ya contamos aquí en su propio artículo.
Aquella mutación borra la cola, toca la columna y tiene un síndrome con nombre propio. Esta no es aquella.
La cola del kurilian viene de una mutación diferente, aparecida por su cuenta en un archipiélago del otro extremo del mundo.

No está asociada al síndrome del manx. No arrastra ese mismo lío de médula, de esfínteres y de tren trasero.
Y hay una consecuencia práctica que lo resume todo: aquí sí se cruzan dos gatos rabones entre ellos.
En el manx eso no se hace, porque la doble dosis no sale adelante. En el kurilian es lo habitual, y las camadas nacen con su pompón.
Esa tabla es la respuesta corta el día que alguien te diga que tienes en casa un manx ruso. No lo tienes.
Decir esto tampoco es firmar un certificado de salud eterno. Ninguna raza está libre de que le salga un problema.
Lo que sí se sostiene es que estamos ante un gato natural y poco manipulado, sin la lista de achaques heredados que arrastran otras razas.

Cómo se porta dentro de casa
Un kurilian no es un gato de adorno ni de rincón. Va detrás de ti por toda la casa y se sienta donde estés tú.
Recibe en la puerta, se mete en la conversación y quiere saber qué llevas en la bolsa de la compra.
Con los niños suele funcionar bien porque aguanta el trajín y porque sabe retirarse cuando ya ha tenido bastante.
Con perros tranquilos también, y con otros gatos, siempre que las presentaciones se hagan despacio y sin forzar.
Es un gato equilibrado, no un peluche sumiso. Tiene carácter y lo enseña sin necesidad de agresividad.

La caza la conserva intacta. Un juguete que se mueve rápido lo pone en modo trabajo en un segundo.
Salta muy alto. Con ese tren trasero llega a sitios que tú no habías considerado estanterías.
Y trae cosas de vuelta. Muchos aprenden solos a devolver lo que les lanzas, sin que nadie se lo haya enseñado.
Cómo habla y cómo juega
No es un gato escandaloso. Suena a trino corto, a gorjeo, más que a maullido largo de exigencia.
Habla cuando tiene algo concreto que decir: la puerta, la comida, la visita que acaba de entrar por el pasillo.

Juega con las patas por delante. Manipula los juguetes, los mueve, los empuja y los mete en el agua si puede.
Le encanta además lo que se esconde. Una caña que desaparece bajo una manta le interesa más que cualquier ratón de peluche.
Lo que necesita para estar bien
Casi nada de lo que viene ahora es exclusivo suyo, salvo dos detalles: el instinto de pesca y un manto doble hecho para el frío.
Con eso cubierto, el resto es el cuidado de cualquier gato bien llevado.
🎣 Dale una pesca de mentira
Si le vas a cerrar el acuario, dale algo a cambio. Un barreño ancho y bajo, con dos dedos de agua y algún juguete que flote.

Que sea un sitio concreto y siempre el mismo. Así el juego tiene dónde ocurrir y no acaba dentro de tu vaso.
Cambia el agua a menudo y ten un trapo a mano, porque va a salpicar. Es el precio de la función.
Una fuente de agua corriente también le sirve, y de paso bebe más, que es algo que a los gatos les cuesta.
🧶 Cepíllalo cuando cambie la estación
El manto es doble y muy cerrado. No es de los que se enredan con facilidad, ni siquiera en la variedad semilarga.
La mayor parte del año, una pasada por semana sobra. En plena muda, todos los días y con paciencia.

Insiste en la gorguera, en los pantalones y en la grupa. Alrededor del pompón hay más pelo del que parece.
🐟 Ojo con el pescado crudo
Que sea pescador no lo convierte en un gato de dieta de pescado. El pescado crudo a diario no es buena idea.
Crudo lleva una enzima que destruye la vitamina B1, y a la larga eso pasa factura. La dieta la decide el veterinario, nunca la anécdota.
Un trocito cocinado y sin espinas de vez en cuando es otra cosa. Premio, no comida.
El acuario, la pila y el cubo
Tapa el acuario con algo firme y que apoye bien en todo el borde. Una tapa que cede es una trampa para los dos.

Recoge los cables de la bomba y del calentador. Si quedan colgando, van a acabar entre sus patas.
Y vacía la pila del fregadero y el cubo de fregar al terminar. Agua quieta y a su altura es una invitación en toda regla.
El kurilian bobtail no llama la atención por la cola. Llama la atención por lo que hace con el agua, y la cola es solo la firma que lo delata.
Viene de un sitio duro y se le nota en todo: en el hueso, en el manto y en esa forma de quedarse mirando un acuario.
Si te lo llevas a casa, cuenta con las salpicaduras. Eso no se le quita: se le da un sitio donde poder hacerlo.
Cuenta también con un gato encima y no en la otra punta del salón. La independencia felina aquí se afloja bastante.
Y cuando alguien te pregunte por el pompón, ya sabes qué contestar: no se lo cortaron, ni es el gato sin cola de la isla de Man.
Es una cola que no se repite en ningún otro gato del mundo, ni siquiera en el hermano con el que se crió.
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